“Hasta el último hombre” - Nasiopa (no) matar

Viernes, 13 de Enero de 2017 00:00 administrador COOL - De Películas
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“Hasta el último hombre” - Nasiopa (no) matar

“Hasta el último hombre” es el regreso de Mel Gibson. Eso parece. O al menos, ese parece el titular predilecto del primero al último hombre, pero la realidad es que el bueno (o malo) de Mel nunca se ha ido (ni han logrado echarle). Como tampoco lo hizo un Andrew Garfield al que, después de todo y por muy bien que le quedase, parece que le ha venido bien dejar el traje de superhéroe a otro (aunque eso suponga quedarse con las ganas de haber visto a esos "Seis Siniestros" que ahora mismo hubieran estado en los cines).

“Braveheart”, “La pasión de Cristo”, “Apocalypto”, esa gran olvidada llamada “El hombre sin rostro” (la primera que hizo), hay tres cosas que destacan en la filmografía como director de un Mel Gibson cuyo vida personal, como la del 99% de los trabajadores de Hollywood, me la suda y que también están presentes en “Hasta el último hombre”: frontalidad, franqueza y un intenso espíritu conciliador vertebrado a través de la violencia que supone ser un hombre en un mundo que de amable tiene más bien poco. Y sabe de lo que habla.

Mel no es sutil pero sí honesto, y sobre todo es un cineasta con una visión clara, concisa y contundente que saca provecho de la contradicción que mayormente supone la vida misma. “Hasta el último hombre” es la historia de un héroe de guerra que se niega a tocar un arma. Tan contradictorio como aquel símbolo pacifista que portaba Bufón en la excelente película de Stanley Kubrick a la que, inevitablemente, remite en el mejor sentido esta otra incursión bélica que deja claro que una guerra es de todo menos un paseo por el campo.

Al igual que la mencionada película de 1987 (y si no saben cual es, disculpen mi desprecio hacia ustedes), “Hasta el último hombre” se divide en dos partes bien diferenciadas pero a la vez indisolubles. La primera, la instrucción, es la base de la segunda, el combate, y del contraste entre ambas nace otro de esos títulos llamados a ser un clásico moderno; especialmente, por su capacidad para captar la belleza intrínseca e indisoluble de la crudeza, la misma que define al ser humano como alguien simple pero a la vez complejo.

Porque al igual que no hay mejor noticia que una mala noticia, a su vez es en el corazón del horror dónde el ser humano encuentra su auténtica valía. Mel Gibson, lo dicho, no se anda con rodeos y deja a un lado cualquier patria, causa o excusa para enarbolar una bandera que defiende literalmente a hostias. La segunda parte de “Hasta el último hombre” no es sólo tan eficaz y violenta como el desembarco inicial de “Salvar al soldado Ryan”, sino que además desprende un humanismo contradictorio pero a la vez estimulante.

Habrá quién, como siempre, entienda esto como una provocación imperialista en la que el enemigo es retratado simplemente como un pelele. En la exaltación del orgullo militar que tantas ampollas levanta en según que sectores. Más, al fin y al cabo, así son las cosas cuando el que combate muy posiblemente no sepa ni le importe el por qué combate. Importan aquellos que están a tu lado, aquellos que aunque puedan ser como puedan ser, incluso aunque te desprecien, no dejan de ser los tuyos. Tan sencillo como eso.

“Hasta el último hombre” es en una palabra, contundente; y en dos, contundente e intensa (en su segunda mitad). Un cruce entre “La pasión de Cristo” y “La chaqueta metálica” que funciona por igual como lúdico "actioner" bélico que como emotivo drama humano. Todo ello barnizado con una sensacióntangible y decruento realismo a la que no estamos acostumbrados en el actual mundo digital, y en donde el dolor se manifiesta de verdad más allá de la pantalla como parte de una realidad, lo dicho, que a menudo no es amable.

Garfield, confirmado como talento y héroe de carne y hueso, y Gibson, ratificado como un talento también "humano", y por ende, con sus luces y sombras, se alían en esta notable epopeya que se erige como un soplo de aire fresco por derecho propio. Por su autenticidad, esa que rechaza lo "políticamente correcto" para ser simplemente como es. Un mensaje honesto, bravo, duro pero a la vez conciliador, y convenientemente emotivo como para que no perdamos, todavía no, la esperanza en el futuro del ser humano.

 

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