La primera impresión de Leonardo Cabrera (continuación)

Jueves, 11 de Junio de 2015 00:00 Oscar Salas ECLÉCTICA - El Espectador
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La primera impresión de Leonardo Cabrera (continuación)

impresion1-2“Las Ubárry”, de Oscar Liera, y “Una amistad inconveniente”, de Héctor Mendoza, obras reunidas en “El encanto femenino”, adaptando la segunda, me resultó, en noviembre de 2001, un muy feliz y afortunado encuentro con el teatro, con los autores mexicanos, con la sobria dirección de Leonardo Cabrera y con dos magníficas las actrices de muy rico registro. Quizá aquella lánguida suspensión del tiempo de la que quedaba colgada la amorosa manipulación materno-filial, incluso las imágenes mismas, me hizo ver el montaje de poesía escénica. Los accesorios (sic) una silla frente a un espejo de tocador y un cepillo para el pelo. Vestuario dos camisones perfectamente albos. Dos actuaciones gigantes de perversidad y contención por parte de Denise González como la hija y Andrea Herrera como la madre; ¡cuánto envejecimiento corporal y anímico en una naciente actriz veinteañera!

¡Qué regocijo de humor y comicidad juvenilmente reventada, en la segunda obra! La matadita de promedio perfecto e inocencia inmaculada –D. González-- y la desmadrosa, trasgresora, alivianada --A. Herrera-- que le agotaban la risa a cualquiera. El director no resistió la gana de un posterior remontaje con otro reparto también muy acertado, aunque ya no hubo la oportunidad de la contrastación.

impresion2-2En mi recorrido memorístico de la dirección escénica de L. Cabrera aparece “Antes del desayuno”, del dramaturgo estadounidense Eugene O’Neil. Un montaje repuesto o continuado en el auditorio del Museo de la Ciudad en 2003. No recuerdo con precisión si el estreno se llevó a cabo en La Cartelera, aquel escenario que estuvo en Allende casi esquina con Morelos, en el Centro Histórico de Querétaro. María José Carpia hizo una Valeria Rowland con una vitalidad de ñora mexicana hasta la coronilla de su infeliz situación conyugal y doméstica, que al término de no más de una hora uno podía llorar por una vida tan desdichada y en picada. Mi buena impresión de la actriz creció muchísimo cuando conocí posteriormente, para una entrevista periodística, su juventud, su guapura y su alegría. Supe entonces cuanto se había esforzado para dar esa corporalidad guangoche, esa dejadez encorajinada de una vida tronchada y derrotada, y meterse la comida a la boca con los dedos, ella tan bien puesta y arreglada.

impresion3-2Después de un ayuno que invitaba al cuestionamiento: ¿por qué habiendo sido tan acertado en la dirección L. Cabrera no había vuelto? Hasta que pareció recuperar el receso empezando con “El oso”, del médico y literato ruso Anton Chejov. El estreno de su montaje en el foro del Museo de la Ciudad hizo pensar que había perdido el toque, sin justificarlo que fuera la primera vez que aparecían personajes masculinos en su montaje. Jugaba en su contra un referente, de 2005 en el teatrino de la exprepa Centro, muy acertado puesto por Manuel Puente con Nahum Rodríguez, Paulina O. Pérez (ahora Arenas) y Hernando Somoza, una puesta plagada de exageraciones exactas, de contrastes, de ritmo, de tempo, de humor, de pasión, de contención, de creatividad escenográfica lo mismo que en el vestuario. Grigori Stiepánovich Smirnov más parecía un burócrata acomodado en la medianía más o menos geniudo que hacendado atribulado por las deudas y asaltado por Cupido en trance de cobranza. Sencillamente la disparidad en esa pareja de la temporada de estreno no hacía clic. El cambio fue rotundamente favorable, Memo Gutiérrez le dio un fúrico vuelco al embravecido acreedor, con una chispa de irremediable rendimiento amoroso que hizo de esa pareja con la joven e inexperta viuda –Jéssica Elías--, deudora por herencia, un encontronazo histriónico verdaderamente memorable. En ese reavivado revuelo hasta el mayordomo –Rodrigo Núñez-- creció en medio de su delicada corrección aristocratizada. Con la debida promoción ese montaje debió recorrer la legua largamente, máxime con tan breve producción que propiamente el reparto la llevaba puesta.5

impresion4-2Con el mismo Guillermo Gutiérrez llevando el personaje del título, L. Cabrera asumió, primeramente por encargo, otra dirección con pesadísimo referente exitoso: “El ogrito”, de Susanne Lebeau. Arcelia Ramírez y Alejandro Calva parecían hechos la una para el otro como madre y monstruoso hijo en ese montaje de Martín Acosta para la Compañía Nacional de Teatro. Sin una talla para alcanzar el tamaño de A. Calva, G. Gutiérrez nos da esa inocencia y esa confianza en la vida que tanto mueve e inspira el amor, tan grande al punto de apropiarse del amado consumiéndolo. La creatividad escenográfica de L. Cabrera mucho acierta en la recreación rural necesaria para que Simón recorra el bosque y se pierda en hazañas que solo conoceremos cuando se las participe a su madre --Ana Berta Cruces--. 

impresion5-2La tensión y la distensión del tiempo, al lado de la austeridad o sobriedad escénica, tienen especial presencia en la puesta de “El loco amor, viene”, del literato guanajuatense Jorge Ibargüengoitia (1928-1983), en el foro del Museo de la Ciudad, en marzo de 2011. No obstante la intensidad amorosa, la precipitación nunca sobreviene, incluso el duelo a muerte aparece dosificadamente administrado redundando en un antihumorismo que no impide, al contrario, la diversión y la risa. El escarceo romántico mantiene un suspenso que anima o reprime el adulterio, lo explica, lo justifica, lo aprueba o no, no-más-tantito-un ratito-rabioso. Con exacta mesura transcurren y alcanzan al público las simas y cimas de la trama entre María –Quetzallín Torres--, Juan --Rodrigo Núñez—y Pedro (el marido coronado) –Carlos Casas--.

impresion6-2En agosto de 2013, Leonardo Cabrera rompe el molde o la trayectoria deducible de su dirección escénica con la puesta en escena de “Casamiento a la fuerza”, del padre de la comedia francesa Jean-Baptiste Poquelin, Molière (1622-73), o sencillamente sin gentilicio. La exagerada caricaturización se arriesga grandemente en el desaforado impulso denunciativo tan al borde del ridículo ardido y dolido pero sin dirección, como repartiendo palos de espaldas a una piñata. El humor, la gracia y el donaire para pasar a cucharadas soperas la denuncia y la burla de la ironía y la parodia. La recreación de época en el Mesón de los Cómicos de la Legua no interfiere la frescura y la actualidad de la adaptación y puesta en escena de L. Cabrera, particularmente los parlamentos que transmiten con gozo y vivacidad los afanes y devaneos de un hombre mayor en pos de una joven a quien pretende por amante para reafirmar su presunción galante. Este salto implica el manejo de once personajes que mucho sostienen la atención y el entrenamiento en adecuado ritmo. No deja de advertirse cierta disparidad en el reparto, pero prevalece la solvencia aún de los jóvenes con meritoria trayectoria cómica. Sganarelle –Alberto Orozco--, lleva muy bien el peso de la comedia, sin que le vayan a la zaga Edén Rojas como Jerónimo, la dama de compañía --Ana Karen Vázquez--, Pancracio --Baruch Rojas--, las gitanas --Tania Martínez y Andrea Orozco--, y Licasto –Mauricio Figueroa--, incluso dejan suponer, en arrebato de divertimiento, la improvisación llevados por el ritmo de la interacción.

Antes de abordar a Molière, Leonardo Cabrera no había incursionado desde la dirección en los autores clásicos. Sin que no falte quien reclame la condición de clásico para Anton Chejov. Siempre con elencos reducidos, exceptuando la ya señalada. En cualquier caso con altísimo acierto en la integración de los elencos. Salvo con su interpretación de Tiresias en “Edipo”, de Sófocles (497/6-406/5 a.C.) con la dirección de Gustavo Silva, Cabrera había estado ausente de la tragedia hasta ocuparse de “Hamlet”, de William Shakespeare, en junio de 2015. Con otras dos peculiaridades sobresalientes en su trayectoria teatral con respecto a su más reciente montaje: nunca había estado adentro de un montaje propio, tampoco había llevado un protagónico, sobre todo con el personaje del título de la obra.

Dejando para otra apreciación la idoneidad de Leonardo en el personaje del príncipe Hamlet, esta vez ha tomado un gran riesgo que sería muy interesante aquilatar volviendo él a la dirección desde afuera. Sus mejores momentos actorales han sido puesto en manos de un director; sus muy plausibles aciertos en la dirección han sido con él excluido del foro. Quizá la alteración de esta trayectoria sería más promisoria revisando las obras y los autores que ya ha visitado hasta antes de la experiencia shakespeariana reciente.

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