¡Ay la verosimilitud!

Jueves, 03 de Septiembre de 2015 00:00 Oscar Salas ECLÉCTICA - El Espectador
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¡Ay la verosimilitud!

 

ratonera1La transformación del espacio es convincente e impresionante. Estamos frente a una estancia espaciosa con válidas ínfulas de elegancia de época; nada parece falso, de pacotilla, cartoncillo pegado con engrudo. Nada, o muy poco, remite al escenario del Mesón de los Cómicos de la Legua con sus paredes laterales naranja ‘Querétaro’ luciendo sus inefables rayotas blancas a un metro sobre el suelo; la pared de piedra muca y el par de chonchas columnas quien no las conozca imposible que las eche de menos. El ventanal del fondo no rima con el contexto recreado, tampoco los percheros muy alejados en extremo izquierdo, que poco tiempo permanecen descubiertos, entonces el entorno pesa lo suficiente para quedar instalados en MonkswellManor, un inmueble administrado por una joven pareja heredera para el hospedaje, en el rango de la casa de huéspedes al hostal no propio para quienes viajan con el patrimonio en una valija.

El pretexto para que los huéspedes de MonkswellManor queden atrapados en “La ratonera” urdida por la novelista inglesa Agatha Christie lo vemos regularmente recurrido en la literatura del siglo XIX: las inclemencias climatológicas. Por ejemplo, éstas propiciaron el nacimiento de “Frankestein” por parte de Mary Shelley en Suiza, y “Clemencia” de Ignacio Manuel Altamirano en México.

ratonera2Los jóvenes señores Ralston llegan presurosos, cada uno por separado, previendo el inmediato y deseado arribo de sus huéspedes inaugurales para quienes ya tienen ordenadas sus habitaciones, que no tienen números ni letras sino nombres más o menos de sugerencia bucólica. Ella enciende brevemente el radio y nos enteramos de un crimen; él se cerciora de su ausencia en la estancia para esconder algo en el piso cubierto por el mantel de una mesita de centro. Su abrigo, sombrero y bufanda corresponden a la descripción escuchada, además de la talla; datos, por otra parte, comunes y corrientes. El lugar escogido en el montaje para el escondrijo resulta convencionalmente poco convincente. Los esperados, previa reservación van llegando,apremiados por la nevada y sus consecuentes estropicios urbanos. 

Christopher Wren, joven elegante de modales insinuosamente corteses y atentos, se ofrece para desempeñarse en la cocina tirado por sus preferencias gastronómicas. Sus cortesías con la anfitriona incomodan al marido que se la pasará apartándola del supuesto candidato a estudiante de arquitectura, y a éste impidiéndole que se acerque a ella, mucho menos a solas. Su comportamiento y avances no son el principal motivo de las aprehensiones de Giles Ralston, sino la valija que le llevó a su habitación, pues la constató vacía. Para esta situación no hay congruencia en el montaje, pues llega con una corbata color uva y cuando le corresponde regresar de su habitación porta otra de color verde limón. Inicialmente este cambio podría interpretarse como la convención del paso de un día al siguiente, pero en los demás huéspedes no ocurre ningún cambio consecuente. Durante la trama aparecerá un momento de pasado compartido. En el transcurso de la pesquisa,supuestamente policiaca, que vivirán todos quienes se encuentran en MonkswellManor, el haber expresado ganas por esconderle los esquíes al sargento Trotter lo hará sujeto de sospecha también por parte de MollieRalston, y de los espectadores pues lo escuchamos decírselo. Tenemos otro motivo para sospechar algo: lo ha protegido, interponiendo su cuerpo, de la violencia de su marido, no tan solo de los inculpamientos de éste hacia aquél.

ratonera3Llega la señora Boyle reprobando la calidad del servicio, de las instalaciones, a los anfitriones que por jóvenes han de ser inexpertos. Se le ofrece la devolución de su dinero y la transportación gratuita para que tome el tren de regreso y no lo acepta. Le incomoda el volumen del radio, la música sintonizada, los huéspedes de Monkswell, particularmente la apariencia y los modos varoniles de la señorita Casewell. Cuando toman su lupa para señalar que ha pasado de puntitas como la magistrada que condenó a una madre que así dejó en el desamparo a una parejita de la que se perdió la pista, la inquisidora de todo y por todo, incluso del servicio de seguridad e investigación inglés, del que hace bromas irónicas, se escurre en justificaciones y pretextos. Ya sabemos que podría existir alguien con motivo de venganza. Una mano enguantada apaga la luz de la estancia y se escucha un disparo. La señora Ralston se encuentra con el cadáver de la señora Boyle, que ahí permanece durante el intermedio.

En el montaje de Benjamín Cortés Tapia no sabemos si los actores, o los personajes, recogen el cadáver, pues casi a media luz, antes de regresar del intermedio, entran con una tabla que permite pensar en una improvisada camilla. Hacen una cortina con una enorme tela verde, salen llevando la tabla por los extremos como se haría con una camilla, sobre ella colocaron la enorme tela como la veríamos en una cama deshecha. Del lado más lejano al público va caminando… pues Irene Basaldúa, porque a la señora Boyle ya la mataron.

ratonera4Así, a lo largo de casi dos horas se van juntando detalles que no acaban de convertir el escenario del Mesón de los Cómicos en el MonkswellManor que tanto promete inicialmente. Los guantes de MollieRalston se la pasan una hora en el sofá para dos sin que todos quienes ahí se van sentando reparen en ellos, hasta que llegado el momento, súbitamente Giles Ralston los advierte y con un vistazo sobrenatural toma nota de un billete de transporte dentro de uno de ellos y rápidamente los esconde en su bolsillo, para después recriminarle a Mollie que le ha mentido en no haber salido equis día. Con mucha dificultad saca el boleto del guante para mostrárselo. Vemos dos ademanes cuando algún personaje menciona a la señorita Casewelly a Paravicini. Uno de connotación sexual que lo tengo identificado para indicar fornicación, el otro para señalar dinero o condición acaudalada. Independientemente de su traducción, su reiteración acaba con valor de molesto tic, gesto incrustado. A estas alturas el mayor Metcalf ya ha perdido la semirrigidez de su pierna izquierda. Las manos cruzadas alternadamente atrás y al frente, de igual manera en los bolsillos, los brazos cruzados a la altura del pecho, en lugar de llevarlas a las caderas darían variedad verosímil al desenvolvimiento varonil de la señorita Casewell, como la pierna cruzada en cuadro al sentarse en el sofá. 

Cuando todos gritan y se gritan en lugar de elevar y/o ‘endurecer’ el tono de la voz, la verosimilitud de MonkswellManor construida con la escenografía, las caracterizaciones, particularmente los peinados de las señoras, las interpretaciones, aunque Paravicini aparezca con una gestualidad sobreactuada, vuelve a transformarse en el Mesón de los Cómicos, recordándonos que estamos frente a “La ratonera” constatando que el engañoso texto de Agatha Christie justifica muy bien sus seis decenios de vida, y que nos seguirá despistando con sus falsas pistas.

El descubrimiento de la verdadera identidad de los huéspedes, los registrados y el improvisado, de los Ralston es sensacionalmente sorprendente. ¡Por favor no vendan MonkwellManor!

 

 

 

 

 

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