Tráemelas a mí… como tu abuela

Jueves, 16 de Enero de 2014 00:00 Oscar Salas ECLÉCTICA - El Espectador
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GB Raza

traemelas1Llega un momento en que parece solo resta una cosa por hacer: morir. No obstante su nada inesperado acaecimiento la sensación de vacío, de pérdida, de irreparabilidad, de inermidad ante el inefable paso del tiempo son sensaciones que nos abrazan, extrayéndonos la nostalgia como consuelo.

En el salón donde ensayara su Ballet Nacional de México, dentro del Centro Nacional de la Danza Contemporánea que fundó en Querétaro a principios de los años 90, algunos estudiantes, personalidades y seguidores de la cultura, artistas salidos y egresados del Colegio Nacional de la Danza Contemporánea que también fundó y encabezó, se detenían el jueves 7 de noviembre de 2013 ante el féretro de la bailarina, coreógrafa, maestra y artista emérita Guillermina Bravo.

traemelas2En la mesa de madera, con rodajas en las patas, que fue su oficina a la mitad de un pasillo, de los cuatro que rodean el patio central del CNDC, estaba esa endemoniada foto que tantas veces me encargó –cruelmente--  imprimir la maestra Antonia Quiroz. Ésa ahora exequiosa fue la que mejor logré con ese odioso negativo 35mm apenas con menos de un milímetro de piso que permite una casi posibilidad de imprimir los pies. –Una foto de un bailarín sin pies es tan acertada como una de identificación con los ojos cerrados--. Lo más exasperante con ese cuadrito blanco y negro era la falta de definición  --de textura—en una silueta ligeramente ondulante, con el rostro casi vuelto al cielo. El principal rasgo distintivo: las nada fotogénicas fosas nasales, a evitar de acuerdo con la generalidad de las recomendaciones de los fotógrafos más publicados. El intento por ‘quemar’ en la ampliadora los pliegues de esa vestimenta para darle definición al movimiento, redundaba en el desperdicio de varias hojas 8 x 10. Intentar la acentuación de esos pliegues frotándolos, y con vaho, en la charola del revelador, implicaba el riesgo de la sobreexposición y la necesidad de repetir toda la operación, pues aquella blancura aparecía ligeramente ahumada con un tono gris-violáceo que podría tornarse amarillento. El sufrimiento era mayor cuando el encargo era de más de una copia en una sola ocasión; con tanta maniobra, resultaba imposible que dos impresiones fueran idénticas.

En mi ufano orgullo fotográfico tenía establecido no ocuparme de ningún negativo que no fuera de mi autoría, pero así empezó mi conocimiento de Guillermina Bravo. Es la maestra, me respondieron con severidad de sopapo cuando me atreví a dejar entrever mi desconocimiento de quien se me encargaba imprimir su imagen. En la discrepancia y en la diferencia de criterios ocurrieron mis momentos más memorables con quien seguramente ha dejado innumerables instantes para la reflexiva recordación, esa que se repasa una y otra vez, y cuando se vuelve a repasar brinda nuevas perspectivas.

traemelas3Frecuentando el CNDC resultaba inconcebible no entrevistarla. Se sorprendían que no lo hubiera hecho entregando colaboraciones con regularidad casi semanal. No imaginaba qué preguntarle sobre lo que no hubiera ya declarado algo. Por fin le solicité la oportunidad, me preguntó para qué periódico, le respondí que para cualquiera de los dos locales. Como colaborador sin paga nunca he estado formalmente relacionado con ningún medio. Sólo contaban el Diario de Querétaro y el Noticias, aunque no eran los únicos. Me preparé una guía de preguntas, previendo interrupciones y distracciones dado que ‘su oficina’ operaba como escritorio público. Le anuncié el uso de la grabadora aduciendo desconfianza en mi memoria y posible inexactitud en mis notas. En realidad tengo preferencia por la cita literal de ciertos modos y giros del entrevistado, porque al cabo del tiempo, recordándolos, termino reproduciéndolos de manera muy similar. A la vista de mi ‘cuestionario’ me pidió una lectura de mis interrogaciones: ¿Qué me vas a preguntar? Leí lenta y pausadamente mis diez o doce preguntas, esperando meter más dentro de sus respuestas. Algunos temas estaban preguntados de diferente manera, pretendiendo que de cualquier manera me diera ‘carnita’. Me pidió una segunda lectura: Esa no, esa no, esa no… Acostumbrado a que ya ningún Jefe de Redacción me modificaba una coma, ni una ‘cabeza’, muy incomodado porque mi guía fuera tomada por cuestionario, inmediatamente me dije: A mí nadie me califica mis preguntas, emérita o no. Con esta razón pensé retirarme ¡pero hacerle un desplante o berrinchito a Guillermina Bravo! ¿Después cómo regreso al CNDC? No vuelvo a entrevistar a esta mujer.

traemelas4Voy a convertirme en la Diaghiliev (Serge) de Querétaro, fue la ‘carnita’ que saqué de esa ocasión. La declaración se me antojó para ‘cabeza’, pero la carencia general de ilustración cultural me contuvo. ¿Cuántos podían saber en Querétaro que este empresario ruso había armado la remolina y el escándalo en el París de la segunda década del s XX con los famosísimos Ballets Russes revolucionarios de la estética coreográfica?

Uno o dos semestres después intenté volver sobre tal ‘carnita’: ¿Qué avances había logrado de aquel propósito promocional ‘ruso’? Por intermediación, e interés, del gerente Luis Nevarez busqué una nueva entrevista. Respondió que ella no había declarado en tal cosa. Que Luis no andaba en buenos términos con la maestra, que le cortaba las alas para cualquier iniciativa ajena a sus ideas de la manera de hacer las cosas, eran los rumores que había conocido.

traemelas5Estaba por inaugurar, en calidad de exposición fotográfica, mi proyecto “Cerca y acerca de Guillermina Bravo: Maestra”. El promotor que había logrado el involucramiento de las autoridades culturales municipales y estatales, así como de los ‘leones’, los había comprometido manejándolo como homenaje a una artista emérita de trascendencia nacional. Ella pretendía curar mis fotos y yo estaba opuesta a cualquier injerencia en el contenido de mi obra. Consideraba que las exigencias de distintos bailarines de Ballet Nacional, declarándose aleccionados por la maestra, me habían llevado a un nivel de depuración en la selección de imágenes dancísticas lo suficientemente atinada para mostrar escenas dignas de conocerse. Preveía que su intromisión fuera con un criterio descriptivo de la danza, como si buscara imágenes para un manual, no importando la posibilidad de la emoción y la proeza. Tenía derecho a probarme sólo frente al público. Temí que mi obcecación conllevase la cancelación de la exposición por su negación al homenaje. Además ya la tenía prologada por un maestro de artes plásticas poco dado a estas lides y menos para expositores incipientes… y de fotografía; había requerido una entrevista y la entrega de la obra para su revisión.

traemelas6Tómalo como un consejo de abuela, fue el abordaje de la maestra. No me acuerdo cuál fue el consejo. Me pareció muy gracioso que siendo contemporánea, tres años mayor, de mi madre, se me propusiese con tal veteranía. De la treintena de fotos,  dejé tres o seis a vistas, representando equitativamente las tres danzas conque ofrezco ese acercamiento a Guillermina Bravo: Constelaciones y danzantes, Sobre la violencia, y Territorio recuperado. Más que nunca temía la revisión de la maestra Antonia Quiroz. Recogí las fotos sin ningún comentario, incluso sin cerciorarme que hubieran sido vistas, aunque la caja si parecía haber sido abierta.

traemelas7¿Ya trajiste las fotos?, me preguntó la maestra pasado el tráfago salutatorio del medio día por parte de la mayoría de los bailarines de BNM. A la maestra Antonia no le pareció ninguna… Tú tráemelas a mí, a Antonia nunca le gusta nada, dijo detrás de su humo. El color siempre mereció el rotundo rechazo por parte de la maestra Antonia, apenas desde su sola mención. Tampoco la coreografía sobre Las cuatro estaciones, de Antonio Vivaldi, fue de su agrado, así que mis imágenes de la composición de Luis Arreguín tenían un doble obstáculo a superar. La maestra Guillermina escogió media docena de fotos y los diseñadores de Bellas Artes realizaron una papelería muy vistosa para la temporada que hizo BNM en el palacio art decó trazado por Adamo  Boari, en la ciudad de México.

Solo los Benson&Hedges, cajetilla dorada, que tanto la acompañaron, aun entre las mangueritas que llevó conectadas a sus fosas, próxima a su postrer exhalación, faltaron en esa mesa funeraria que tanta vida ha resucitado.

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