Toros y embestidas

Jueves, 23 de Enero de 2014 00:00 Oscar Salas ECLÉCTICA - El Espectador
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Toros y embestidas

Escanseaba su copa coñaquera con brandy español, uno cuya botella venía en una redecilla amarilla, incluso la descansaba en una sencilla estructura donde encendía una mecha cuyo combustible era el alcohol de farmacia. Introducía un palillo para mondar dientes por el extremo redondo de un largo habano, encendía una cerilla y lo succionaba fuertemente hundiéndosele las mejillas hasta  empezar a expeler triunfalmente un apestoso humo que algunos consideraban aromático. Subía los pies, cruzándolos a la altura de los tobillos, sobre la mesa de centro. Así  quedaba instalado en su barrera de primera fila, a las cuatro de la tarde en punto. Atento al  condimentoso Paco Malgesto, con presentaciones, entre faena y faena de Joselito Huerta, Manuel Capetillo  –el grandote torero charro--  y escandaleras por los desfiguros de Luis Procuna, de la espumeante y burbujeante Rubia Superior por parte de Rubén Zepeda Novelo.

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Una alegre y viva música, principalmente interpretada con trompeta, avisaba del inicio de la Fiesta de los Toros, o simplemente corrida. Además del ritual paterno y la música, poco me atraían toros y toreros tan pequeñitos y aburridos: uno queriendo hacer caminar al otro valiéndose de una cortinita, y aquel, indeciso, como sospechando que había gato encerrado en aquella insistencia, renuente a pasar por donde se le ponía la cortinita. La ocasión parecía más vistosa y para poner los pelos de punta cuando el torero echaba mano de una enorme tela, pues él llegaba a situarse delante de ésta: se trataba de que el animal pasara por donde estaba la tela sin que lo tocara a él. Aunque sucediera en la tele, se le secaba a uno la boca y sentía cierto alivio al ver al toro del otro lado. Pero el torero volvía a citarlo o perseguirlo.

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Quizá por identificarlo con las aventuras de Ivanhoe, El llanero solitario, y Los tres mosqueteros, el que me dejaba con la boca abierta era el rejoneador Carlos Arruza, sobrio y elegante. Llegó a estoquear desde la montura. También aparecía otro disfrazado de Napoleón, el emperador francés. Ese me parecía muy sangrón con su sacote y puños de pijama de abuelita. Se veía muy torpe en la arena con sus bototas, peor tirándose a matar, literalmente.
Entre los pocos espectáculos queretanos que podíamos presenciar hace treinta y cinco años estaban las corridas de toros en la Plaza Santa María, casi en las orillas de la ciudad capital, saliéndose de la carretera que llevaba a El Pueblito. Sin una hora de anticipación, el estacionamiento, en el polvoriento y muy terregoso espacio, se convertía en un merequetengue: cada quien hacía su cajón, o su fila, según que tan sobre la hora llegara el aficionado o espectador, o ínfulas esgrimidas con el tamaño de la pick-up; mastodónticos transportes, con llantotas capaces de surcar los terrenos más agrestes, y una capacidad de carga para trasladar de rancho a rancho  un buey de respetable talla, o por lo menos un par de cabezas de ganado menor.  No caí de extraño en esos ostentosos vehículos las placas de San Luis Potosí e Hidalgo, cuyos viajeros no ocultaban las pantagruélicas estaciones realizadas previas a su arribo taurino.

toros3Gorras, pañoletas y sombreros de fieltro portaban quienes se aprestaban a ocupar las localidades en sombra. A ese sector iban los ataviados de chamarras de piel y sacos de gamuza o pana, pantalones estilo vaquero, botas de caprichosa curtiduría, o por lo menos detalladamente abrillantadas. Sin faltar quienes se adornaran con gasnés. Sus acompañantes exhibidas con ondulantes melenas flotando como en los anuncios de la tele, iban enfundadas en modelos de marca que bien denunciaban los frutos de su dedicación a la vida sana, ¡y en cuánta disipación  podían ocuparse! La atmósfera de la entrada quedaba impregnada de fragancias.

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Los portadores de cachuchas y sombreros de palma listos a instalarse en los tendidos y las gradas de sol con playeras que anunciaban sus identificaciones futboleras; sudaderas y suéteres amarrados a la cintura, o sobre la espalda alrededor del cuello los mejor portados. Con vaqueros imitación de los auténticos Levi’s sin la característica etiqueta remachada entre las trabillas, en la parte posterior. Calzados con tenis, zapatos industriales o imitación de los mismos llegaban polvorientos tras largas caminatas en manada, para ir haciendo ambiente. Los acompañaba una  atmósfera agria. Las pocas aficionadas, vitoreando a su preferido, llevaban los cabellos amarrados con ligas, pasadores y prendedores. El Rosa Venus, el jabón Palmolive y la crema Nivea eran para dominguear, no para andar en la bola cabuleando.
En las inmediaciones una romería de recuerdos taurinos y la vitamina T en una amplísima gama de presentaciones. El restorán forma parte de la barrera de sombra.

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La penetrante pestilencia a meados y a guano acicateaba el escalamiento a la gradería, con riesgos de asquerosos resbalones. La única ventaja en las alturas es el más tardío posible abandono del abrazo solar. La pequeñez de los actores mucho estropea la apreciación del espectáculo.        
Los sectores diferenciados por el peculio, en las gradas están separados por una alambrada ciclónica. Pegados a ella están los de la música, los que mucho acaparan la de viento toquen lo que toquen; sobrados de perseverancia llegan a alcanzar el aplauso con florituras que satisfacen las exigencias de los conocedores, generalmente asiduos convocados por cualquier cartel. Esos que provocaban a los diestros para que ordenaran la música, porque incluso ésta estaba condicionada por la decisión del oficiante en la arena.

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¡Vaya que si son de luces esos trajes que solo había visto en blanco y negro! Los contrastes son muy vistosos. Algo hay en los de los subalternos que parecen comparativamente apagados, la diferencia de ingresos ha de explicar el principal motivo. Así, mayor mérito para destacar, por ejemplo con un par de banderillas puestas juntas en todo lo alto del morrillo.
Solo los conocedores saben apreciar su labor para distraer, fijar la atención, y mover al astado, por ejemplo para la suerte de varas. Siempre cuidando a su matador. Su popularidad está más creada por la ingeniosidad verborreica de quien tenga sonora voz y tendencia a la protección, no de las tablas como los bureles, sino del anonimato multitudinario, al burlarse de la poco agraciada figura resumida en la alusión: ¡… cinturita de aguacate!
La cercanía intermedia del tendido, por lo menos en la Santa María, permite una muy adecuada apreciación de casi todo cuanto ocurre en la Fiesta de los Toros. Siempre en sol, porque media corrida en sombra da frío y entumecimiento. Una fiesta que tiene mucho de ritual y de ceremonia. El orden el que salen los toreros a partir plaza: aparece primero el de mayor antigüedad, saluda discretamente y agradece ser reconocido, e invita a sus alternantes a disponerse en el orden que les corresponde, quedando en el extremo opuesto al primero el de menor antigüedad. Muy pocos se permiten saludar al respetable apenas tocándose la montera. Tensión y nerviosismo denuncian sus semblantes no obstante las sonrisas casi forzadas o maquinales. Silencio absoluto. El alguacil de la plaza cabalga hacia el centro del ruedo para pedir permiso al juez de iniciar la fiesta. Demostrando sus dotes de jinete y dominio de su cabalgadura, el alguacil hace retroceder a su montura para presidir a los celebrantes. Con la música, tradicionalmente oficial, y el aplauso popular se parte plaza y empieza la fiesta. Queda hecha la predisposición a la emoción y la sorpresa que llega a suspender el aliento.

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Toño Lomelí solía recibir a su primer toro en el centro del ruedo, a puerta gayola. Imposible apuntar citar porque el matador no tenía elementos para fijar su atención y provocar su arranque, sólo sabía que saldría por la puerta de cuadriles, y suponía que corriendo.  Su arrojo se antojaba suicida cuando lo hacía de rodillas. No eran pocos los alaridos femeninos si el animal pasaba como ráfaga y solo se alcanzaba a ver el vuelo del capote. ¡Nooo! ¡Lo va a matar! Antes de que el astado terminara su carrera ya estaba el acapulqueño citando al animal. Lomelí fue de los pocos toreros que en la Santa María vi verdaderamente poderosos, que se iban sobre el animal con su valentía y osadía; su muy característico porte erguido, ufano, orgulloso. El Corrido de Simón Blanco era su himno que en veces escamoteaba y en otras solicitaba implicando la complicidad del reclamo popular hacia los ‘soplapitos’.

La finura la recuerdo por parte de Miguel Espinosa, de la dinastía de los Armilla, incluso toreando a cuerpo limpio para banderillar por todo lo alto, sin haber omitido en alguna ocasión el par corto. En sus últimas apariciones fue remilgoso para adornar sus buriles. No pocas veces demostró sapiencia para sacar faena de animales que parecían no querer trato con el trapo, hasta hacerlos derrotar muy cerca de las zapatillas. La escandalera volaba más allá de las nubes si sepultaba el acero hasta la empuñadura recibiendo a su coprotagonista.

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Bueno pa’guantar rechifla fue Manolo Martínez, metido en el terreno del toro, palmeándose la cadera y gritándole, hasta convertirlo en una carretilla o demostrar fehacientemente que no había pase que sacarle. ¡Llévatelo al Seguro! le gritaba el irrespetuoso respetable al regiomontano, que con la toledana poco honor hacía a su condición de matador de toros.
El derroche de simpatía y campechanía en la arena del cincuentenario anillo queretano corrió a cargo del Pequeño Gigante, el muy pundonoroso Eloy Cavazos que luego, luego el neolonés de Guadalupe pedía El corrido de Monterrey. En una ocasión lo vi ante un soso animal que superaba los quinientos kilos, el regiomontano hizo poco, o nada, por entenderse con aquel rinoceronte, el público le pito sonoramente, le metió una capotiza que remató estatuario e increpante, arriando el trapo. La Santa María se tornó un solo jubiloso aplauso. En el burladero el torero lucía del color de una hoja de papel, en su sonrisa no se distinguía el color de los labios del de los dientes.
Los Pacos apenas con pisar la arena transmitían señorío, pero a la postre con argumentos muy diferentes y contradictorios. El gaditano con jactancia, el sevillano con solera. Ojeda con una muy castiza y gallarda pinta que lo presentaba como el emblema moderno de la tauromaquia ibérica, se ostentaba como el máximo triunfador, la primera figura de la torería española. Tras uno o dos giros firmes y muy arrimados, resultó un fiasco redondo: un fiasco por doquiera se le viera. ‘El muletazo del millón de pesos’, alguien calificó la petulante actuación en algún apunte periodístico. Y tal muletazo fue para poner a la bestia en suerte de liquidación, culminada con el trasteo de los subalternos. El segundo de su lote fue esencialmente una cojiniza.

toros9Camino, el antiguo Niño de Camas, no acusaba la prosapia tan solo con las canas, sino con la firme y lenta templanza, la seguridad y solvencia en cada movimiento, casi como si estuviera dando una lección de correr la mano, abrir el compás, asentar las zapatillas, girar la cintura, y no perderle la vista al bicho. Todo con la misma naturalidad del aficionado que se forma en la fila de la taquilla.
Hasta aquí esta vez mi recuerdo “Hondo y profundo, oiga usted” de la Plaza Santa María, para identificarme con la celebración de sus cincuenta años de vida. Dejo para otra incierta ocasión la memoria sobre forcados y el rejoneo, así como la presentación de mi discordancia con la reprobación de la Fiesta Taurina. Con toda intención no la apunto Fiesta de los Toros.

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