Sentir más que entender

Jueves, 07 de Julio de 2016 00:00 Oscar Salas ECLÉCTICA - El Espectador
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Sentir más que entender

sentir1--No sé qué entiende, pero le gusta--, respondió la joven madre a quien también aguardaba la oportunidad dominical de alcanzar el muelle del Patio morisco del Museo de la Ciudad de Querétaro, para hacernos a la mar por naranjas según la propuesta del Colectivo escénico Maíz Memoria siguiendo el texto de Perla Szuchmacher (Argentina 1946-México 2010), “A la mar fui por naranjas”. En el embarcadero la bebita atendió la animación de la marinería desde los brazos de su padre porque su mamá se animó a participar en la interpretación de la tonadilla propuesta por la tripulación para disponerse a la travesía. Satisfecha por recordar la letra, la tonada y los ademanes infantiles se reincorporó al gentío que aguardábamos el abordaje. Los marineros muy bien uniformados en obvio azul marino, no obstante sus mostachos y barbas de candado, mucho remitían a las actrices Daniela Pérez, Elizabeth Peralta de Ita y Verónica Haro. Sospecho que las coberturas abombadas en sus antebrazos deberían sugerirnos alguna semejanza con Popeye el marino, quizá una imitación, pero como nunca hacen ninguna exhibición o lucimiento de excesiva fortaleza física, tal guiño queda en la incógnita. 

Después de imponer un poco de orden nos tiraron una cuerda para alcanzar la cubierta instalada en el teatrino. Nos instruyeron acerca de la orientación a bordo, donde la izquierda y derecha, adelante y atrás, cambian de nombre: babor y estribor, proa y popa, respectivamente. Tampoco nosotros fuimos pasajeros sino polizones, pero no por ser vocablos sinónimos diferenciados gracias al vehículo de transportación, sino por la forma de viajar. No fuimos pasajeros regulares porque un barco mercante transporta mercancías y no personas. Viajamos a hurtadillas y ocultados por la tripulación en los compartimentos donde son guardados los lanchones salvavidas, o un espacio similar. No entendí la razón para navegar así. Sencillamente así lo ha de mandar el texto de la dramaturga argentina.
sentir2El capitán, con cachimba y perico, cual mandan los cánones desde ‘La isla del tesoro’, del autor escocés Robert Louis Stevenson, manda órdenes dirigiendo la nave aferrado al timón. Inspecciona el acatamiento de sus disposiciones, lidiando intempestivamente con El Principito, esa es la apariencia del polizón que escapa a la sujeción de madre y abuelo, quien intenta tomarle a la icónica avecilla. Superado el asalto prosigue la supervisión. Una y otra vez la tripulación impide o evade el asomo del capitán por los sitios donde han ocultado a los polizones. Se fía de su olfato, tiene una sospecha, huele niños. Propone un brindis. Se suscita la cordialidad y la alegría. Se siente indispuesto, ordena el regreso a tierra. La marinería interpone el encargo de la entrega de la carga. Arguye la postergación. Le oponen la pérdida de la mercancía: se trata de naranjas. Hasta aquí algo no cuaja en la construcción del posible conflicto de la representación ofrecida por el colectivo escénico, por ejemplo ¿Para qué la tripulación embarca polizones? 
Viene a bordo una polizón sorpresa, no fue ubicada a babor ni a estribor cuando fuimos instalados en la embarcación: la hija del capitán. Aquí es donde aparece la probable intención aleccionadora por parte de la autora hacia los padres por parte de los hijos: No importa dónde ni cómo, en qué condiciones, estos quieren estar junto a ellos, sentirlos; su compañía de carne y hueso, no su presencia a través de palabras y recuerdos. Ella derrota todos sus argumentos para dejarla en tierra, para desembarcarla. Puede aprender, aplicarse en cualquier tarea, siempre y cuando él tenga la disposición de brindarle enseñanza. Derrotado y desarmado recurre a la supremacía de la posición de poder y fuerza: la negación –Porque lo digo yo--. Quién sabe cuál sea la traducción infantil pero seguramente la relación de fidelidad recibe un bombazo en la línea de flotación. Un aviso muy edificante para los espectadores con responsabilidades familiares por integrantes infantiles, pero no encaja como conflicto de la trama. No importa cuan dulces sean los trozos de naranja que finalmente nos convida la tripulación, para lucimiento del escandaloso chef, muy bocota, en esta puesta en escena hay un sutil hueco. La gracia y la agilidad de las actuaciones, los indudables recursos actorales de cada uno de los cuatro intérpretes mucho eluden el cuestionamiento que quizá no quepa del todo.

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