Una objetivación narrativa del actor

Jueves, 18 de Agosto de 2016 00:00 Oscar Salas ECLÉCTICA - El Espectador
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Una objetivación narrativa del actor

Si describo a Franz Woyzeck como el hombre que acuchilló mortalmente a su mujer y madre de su pequeño hijo, invitaría a pensar que es un ventajoso asesino sin escrúpulos. Pero Franz es lastimeramente un antihéroe, un personaje vejado por sus superiores en el ejército, traicionado por su esposa; un nacido estrellado y con mala estrella, en la conjunción de ningún astro y sin signo zodiacal. Sin cultura, sin dinero, es apenas un hombre moralmente íntegro. Su propensión paranoica es acrecentada como cobaya científica.

actor1Franz Woyzeck es un soldado del más bajo rango a quien la disciplina militar niega toda posibilidad de voluntad, que le impide incluso pernoctar en la casa familiar. Franz es un ausente de su casa, ausente en su familia: no actúa como padre ni como marido. Más allá del simple hecho de la falta de bendición eclesiástica para su unión con Marie. Franz es un perpetuo exiliado de su propio hogar. Con un hijo de la naturaleza más que de la voluntad. Un niño que siempre se encuentra durmiendo cuando aparece su padre. Un sueño nada apacible, un sueño que, el mismo padre reconoce, agota al niño, en un esfuerzo que en nada se diferencia de la actividad de la vigilia. 

La falta de control de la propia voluntad supeditada se verá compensada por la integración del individuo en un organismo superior, que garantiza el sentido de éste como parte de una cadena, que a través de la renuncia de ciertos rasgos de su individualidad le unirá a un ideal, a un sentido superior. Sin embargo, para Franz lo militar es simplemente una obligación degradante que le desposee de toda dignidad humana. Esto se expresa en el trato que tiene con el Capitán.
F. Woyzeck no tiene tampoco control sobre su cuerpo. Alquilado para ser objeto de experimentos a un siniestro médico, la otra figura autoritaria que aparece de forma paterna en “Woyzeck”, el personaje se debate entre la manipulación del experimento y la rebelión ingobernable de lo real de su cuerpo.
En cuanto a la obra de Georg Büchner, considerado el inaugurador del teatro social alemán, sólo agregaré la apreciación de dos líneas narrativas, aunque paradójicamente la ausencia de una continuidad lineal sea una característica de los veintisiete fragmentos constitutivos del inconcluso texto dramático: la vida escénica de Franz Woyzeck, y la vida que conocemos en “Woyzeck” a través de la del personaje.
Por las características apuntadas, “Woyzeck” ha permitido, alentado y soportado múltiples traslaciones al foro sin dejar de ser “Woyzeck”. El mismo Alonso Barrera ha abordado esta obra por lo menos dos veces. La anterior la conocí en un Festival de Teatro Estudiantil, cuando el médico de ahora, Manuel Naredo Naredo, presidía en Querétaro el Consejo Estatal para la Cultura y las Artes, y las instalaciones de La Fábrica mucho permanecían como tales, sin que la descripción constituyera todavía nombre propio.
actor2Es en la creatividad de la dirección escénica donde reside principalmente la condición de espectáculo de este “Woyzeck” en el Foro de La Fábrica. El inicio, o lo que quizá lo sea, es exasperante con mucho peso como tomada de pelo, si es que el video acerca del funcionamiento de las articulaciones del esqueleto humano forma parte de la puesta en escena. Físicamente el ciclorama lo noté muy superado: muy poco o nada se advierte la estructura que lo conforma y sostiene, incluso usado como pantalla para imágenes estáticas y móviles, y soportando diferentes iluminaciones. 
actor3No hay una simbolización del espacio escénico. Las significaciones y definiciones descriptivas y situacionales Barrera nos las da mediante dos recursos principalmente: el narrador y los tecnológicos de video y sonoridad. La ausencia de simbolización aporta paradójicamente una atemporalidad que contemporiza la propuesta. Las situacionales brindadas por el narrador, un tanto abstractas, instintivamente las desecha uno para no salirse del tempo escénico. Quizá por reiterados, y consecuentemente traducibles con facilidad, sucede lo contrario con las significaciones visuales, esencialmente dos: los derrumbes de inmuebles que refuerzan el infortunio de traición e infidelidad de Franz Woyzeck, y la licuefacción del rojo reforzando la comisión de la infidelidad. La duración de sendas proyecciones facilita la traducción de tales imágenes, aunque dramáticamente han de subrayar la intensidad de las significaciones. Los recursos tecnológicos por sí mismos aportan contemporaneidad a la puesta. Es advertible en esta propuesta escénica la utilización de los personajes como recursos narrativos, a partir de sus articulaciones y desplazamientos, sobre todo los iniciales, un tanto bidimensionales, cual monitos de tira cómica. A la provocación de esta impresión narrativa-gráfica también contribuyen la selección cromática básica: blanco, rojo, azul y negro, así como los trazos del maquillaje. En la medida que se transforma y aviene en recurso narrativo el reparto triunfa en su interpretación actoral; al contrario los personajes no entran en la narración gráfica se salen de la propuesta de Barrera. Tal es el caso de Andrés y La niña: el primero es muy naturalmente cotidiano… dentro de los tiempos que corren. Margaret transita en los dos ámbitos, pero para cuando se sale, el mero tránsito no la iguala con la situación de los dos personajes precitados, aunque no deja de verse fuera de contexto con esa presencia natural de prostituta de taberna, no obstante la vida en ella transcurrida.
Si un contraste resulta tan atinado como una sensacional vuelta de tuerca, en este compendio de paradojas, es el momento melodramático del asesinato de Marie. Muy acertado dejarlos a todos los personajes silueteados, entrando nuevamente en acción la bidimensionalidad.
En su fragmentación, en su condición conclusa “Woyzeck” acepta la contemporaneidad ubicua que introduce Barrera, pero no tanto para que quepa en inglés la nota tomada de la red cibernética de un integrante de las fuerzas armadas, quizá estadounidenses, quizá la marina, quizá el ejército, quizá del aire, que quizá confiesa como imputado, quizá declara como testigo, que llora finalmente quizá arrepentido, quizá sufriendo. Es una lástima que el director deje pasar la oportunidad de traer a la contemporaneidad que tanto logra el ‘tiempo real’, pudiendo echar mano de una traducción en ‘off’, o del narrador, aunque lo saque de la bidimensionalidad.

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