Metacoetaneidad

Jueves, 25 de Agosto de 2016 00:00 Oscar Salas ECLÉCTICA - El Espectador
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Metacoetaneidad

meta1Los debutantes y el veterano de alrededor de tres décadas escénicas coinciden abrevando de la generación dramatúrgica mexicana que floreció asombrantemente en los años cincuenta; sorprendente y misterioso que ambos hayan decidido contemporanizarlos respetándolos. Luisa Josefina Hernández y Sergio Magaña compartieron aula en su formación creativa con las letras. Dos autores generacionalmente reunidos, nos son representados en el Museo de la Ciudad de Querétaro por dos generaciones distanciadas ampliamente, con una coincidencia creativa.

meta2Hernández y Magaña están antologados por Celestino Gorostiza en el tercer tomo de Teatro Mexicano del Siglo XX por haber publicado su primera obra profesional después de 1947 con un teatro que quiere el concurso y el estímulo del público, y para esto le habla en su propio idioma presentándole su propia imagen, “(…) lo cual no implica forzosamente al costumbrismo o al naturalismo, (…). La puerta queda abierta para todas las escuelas, para todas las técnicas, para todas las calidades, a condición de que no se rompa el nexo con el público, porque ahora el teatro mexicano ha aprendido por experiencia propia que en la medida en que el teatro se aleja del público va dejando a la vez de ser teatro.” Esta oración la adopto a la vista de los montajes de “Los huéspedes reales”, de L. J. Hernández, por parte de Los Habitantes que con ella han debutado como compañía teatral; y de “Aquelarre de azotea”, de Javier Velázquez, autor del que resulta complicado sumar sus adaptaciones, creaciones y recreaciones. Siempre ha declarado su admiración por S. Magaña y por fin la concretiza en el escenario con un trabajo extremadamente ambicioso y arriesgado del que Navíosteatro Contemporáneo sale más que airoso. No es una exageración hablar de un tour de force tan solo por los créditos artísticos que asume; el alcance temático que se ha propuesto ya lo es por sí mismo. Biografía al artista como creador y como individuo conflictuado consigo, con su época y sus contemporáneos: provocador, alebrestado, trasgresor, desmadroso, inconforme, insaciable, seductor, desmedido con sirios y troyanos. Al mismo tiempo Velázquez contextualiza y retrata una sociedad, instalado en Magaña, pero alcanza la actualidad con la pervivencia de los vicios y vilezas apuntadas por el michoacano mediante su dramaturgia y como persona que no desaprovecha ninguna tribuna.

No escapa de la propuesta de Velázquez la creación de Magaña, así reaparecen, por ejemplo: “Los signos del zodiaco”, “Moctezuma II”, “Cortés y la Malinche”, éstas como teatro dentro de la escenificación de “Aquelarre de azotea”, porque vemos al personaje Sergio Magaña dirigiendo la gran puesta de la obra Magaña con una perdurabilidad plástica que no se desdibuja en la mistificación, mucho menos se neutraliza en la entronización, sino continúa profundizando y removiendo la realidad precisamente desde la arena, la palestra, del escenario. En los pasajes seleccionados de las obras apuntadas conocemos las cualidades incisivas de dichos textos. Además de lengüísticamente, el acento del tono mexicano está remarcado con la música, tanto la instrumental como el canto, con y sin letra. Brujos y brujas regresan a sus posiciones hasta la nueva orden del gran orquestador, el dramaturgo.

meta3La contemporanización de “Los huéspedes reales” con toda seguridad pasará altamente inadvertida por la actual naturalidad de las telenovelas, pero cuando Luisa Josefina Hernández vio la luz editorial poquísimas personas tenían noticias de la televisión y los televisores, menos los hogares que contaran con tal aparato, y ni hablar de los teledramas. Hoy habrá quien no separe las novelas de la tele. Las novelas son libros, y estos son para los exámenes, o para estudiar. El caso es que Los Habitantes parodian la trama de “Los huéspedes reales” destacando los clichés interpretativos de los personajes de las ‘telesnovelas’, como las miradas penetrantes inauguradas cinematográficamente por Pedro Armendáriz y María Félix, los infaltables lloriqueos sensibleros con los alaridos de sirena de ambulancia; la ingenua noble que aguanta toneladas de maldad y finalmente conoce la justicia y la felicidad, y al contrario para el personaje malvado que conoce el fin de sus días con el castigo del remordimiento y el abandono. Con el acierto de montaje que verdaderamente nos presenta un paralelismo de lágrimas, bofetadas y gritos entre la trama de “Los huéspedes reales” con una telenovela y con alguna emisión-de-lavadero de Laura Bozo. No cuesta trabajo ver a L. J. Hernández como a una precursora telenovelera, o que los guionistas de éstas toman notan de sus argumentos. 

Al margen de la diversión bufonesca está la hondura del planteamiento acusatorio y reflexivo que el esposo hace a la esposa como manipuladora de las relaciones filiales para socavar el amor padre-hija, llevada por los celos hacia el hombre de la casa, valiéndose de la temprana concertación matrimonial de conveniencia económica, construyendo una anuencia falaz. Este contrapunteo de valores banales y trascendentales existencialmente enriquece de manera muy significativa la puesta en escena de Los Habitantes.

La coincidencia en dos autores de una época por artistas tan separados cronológicamente con toda seguridad reafirmará el valor atemporal de las obras de Luisa Josefina Hernández (1928) y coetáneo universitario Sergio Magaña (1924-90).

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