Trilogía prescindible

Jueves, 17 de Noviembre de 2016 00:00 Oscar Salas ECLÉCTICA - El Espectador
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Trilogía prescindible

trilogia1La funcionalidad independiente de las tramas de “Fuimos bárbaros”, “Los paraísos verdaderos” y “Los delirantes” contradice su condición constitutiva de la “Trilogía del reino”, de Juan Carlos Franco. Las razones del autor para construir esta trilogía quedan un tanto para la investigación. La monumentalidad de la dirección escénica para la presentación simultánea pierde espectacularidad ante la calidad de cada texto, cada puesta en escena, cada conjunto de actuaciones. Cinco horas, aproximadamente, tres obras teatrales el domingo 6 de noviembre en el foro del Museo de la Ciudad de Querétaro y acaso se retiró uno o dos espectadores después de la segunda obra; quizá ya la habían visto en su día correspondiente, porque cada obra estuvo programada de jueves a sábado. La desnudez como reclamo publicitario pudo tener un efecto disuasor; los espectadores de esa ocasión estarían en el rango de los dieciocho a los treinta y cinco años que a las 23:00 horas podrían regresar a sus domicilios con recursos propios. En el programa de mano no se escatima la desnudez, incluso en situaciones quizá no localizables en las actuaciones. Esta abundancia gráfica no está correspondida en las representaciones. Además las calidades teatrales apuntadas pasan por encima de esta llamada a la atención, sin demérito de la espectacularidad de los desplegados. Muy difícilmente podrían tomarse las desnudeces como puntales de las escenificaciones; no hay ningún preámbulo para presentarlas como momentos culminantes, más bien reafirman el realismo narrativo. 

trilogia2La narrativa dentro de la trama como parte de la responsabilidad actoral, semejando la exposición de acotaciones de contextualización, forma parte de los tres textos. Así conocemos tiempos pretéritos de las tramas desde un presente teatral. En las tres obras vemos una cama, sin embargo únicamente en “Los verdaderos paraísos” vemos al final una ‘escena de cama’ entre una monja y una novicia. También en “Los delirantes” sucede la identificación homosexual sentimental. Tuve la fortuna de presenciar en primer lugar, a las 18:00 horas “Fuimos bárbaros”, con Daniela Pérez y Acoyani Chacón. Según transcurría la representación crecía mi admiración, a lo largo de casi hora y media, por la inteligencia actoral de los intérpretes. Me imagino que les ha representado un codiciado manjar el encargo que les fue confiado. Así se dio la animosidad y expectación por las otras dos obras. Por la hondura dramática y la bien resuelta complejidad narrativa, difícilmente las otras dos obras habrían logrado la misma provocación. El título de “Fuimos bárbaros” es extremadamente acertado. El asesinato despiadado de un bebé frente a su madre suspende la respiración cuando el cristero deja caer una sandía sin que la sacrílega, que ha concebido fuera del sacramento del matrimonio, logre impedir el estallamiento de la criatura en el piso. Otro asesinato, por su ejecución, es igualmente revulsivo: el del asesino. La madre impía acuchilla por el ano con un cebollero al cristero habiéndola forzado a la intimidad por supremacía de fuerza y poder. La intensidad y la verosimilitud dramática son superlativas. La regresión temporal y la amorosidad apenas sin tiempo para el requiebro y el galanteo, con un personaje femenino insumiso e imbuido de iniciativa me hizo recordar gratamente “Mal de amores” de Ángeles Mastreta.
trilogia3El principal brillo de “Los paraísos verdaderos”, interpretados por Cointa Galindo y Sofía Quiroz, es la jocosidad en torno a ciertos estereotipos que condicionan el comportamiento, máxime cuando es trasgredido por el lesbianismo. No cuaja la significación que ha de tener la pileta, sobre todo la intencionalidad de la coloración del agua contenida, posiblemente traicionada cuando la monja, desnuda, emerge sin ninguna pigmentación correspondiente. Tampoco la de la inmersión misma. La Revolución Mexicana, a no ser por la alusión, poco o nada incide en la trama. El claustro bien podría estar impuesto por la orden más que por la violencia; los motivos para el aislamiento del exterior son intrascendentes. Lo importante es lo hecho a partir de la forzada convivencia cara a cara entre la monja y la novicia. Mal se le cuelga a la Revolución un mérito o demérito, tan forzadamente, que si no estuviera mencionada en el programa de mano no se le echaría de menos. El brillo de la jocosidad no sufre el mínimo ensombrecimiento con esta opacidad. 
“Los delirantes” me llevaron a figurar el contexto que nos dicen rodeo a Xavier Villaurrutia, y que también pudo ser el del marido de Nahui Olín, a través del personaje que lleva Jorge Martinoli. Así, es la obra de la trilogía que más permanece fijada a una época. En general el entreveramiento de épocas en cada una de las tres obras resulta poco trascendental dada la fuerza y el interés de las tramas y la manera como las vidas de los protagonistas son afectadas y conformadas por ellas. Una cualidad de esta obra es el dejo de vuelta de tuerca que tiene la calca de la vida del padre en la del hijo, ambos homosexuales, por tal condición conflictuados con su entorno. La angustia, el agobio padecido por tal circunstancia rebasa el espacio de la escenificación. No obstante los parlamentos discursivos, Fernando Carvajal resulta suficientemente convincente en la asunción de sus argumentos. El contraste entre la contención y la emotividad de una y otra personalidades transcurre equilibrado hasta alcanzar diferentes tonalidades climáticas, y apenas descender concluyente en ese aparente giro que sorpresivamente amarra dos generaciones.
Tras casi cinco horas dominicales de teatro cualquier incredulidad es vencida, porque esta vez Catamita convence a la una, a las dos y a las tres.

 

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