Surca la Gazpacho humor y reflexión sin dejar el amor

Jueves, 16 de Febrero de 2017 00:00 Oscar Salas ECLÉCTICA - El Espectador
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Surca la Gazpacho humor y reflexión sin dejar el amor

A la capitana Gazpacho la conocí en Veracruz, lejos del mar, enérgica y disparatada, de modales exagerados, desbordados, apabullantes. Alcancé el torrente que agitaba y acometía gracias a una acreditación recibida a trasmano. Las multitudes universitarias vociferaban, intimidaban, blasfemaban contra lo que tuvieran a su alcance para apremio de los organizadores de la XXIII Muestra Nacional de Teatro, y exhibición de quien presidía la Facultad de Teatro de la UV ante la prensa local, nacional, y locales de las entidades representadas ya no como nota sino queja por el atropello. La mediación fructificó con la oferta de una segunda función. El apretujamiento era de bodega en embarcación mercante: ¿cómo diablos jugaría a las canicas un elefante? Si no levaron el puente por fin lograron cerrar la puerta del aula. A la tercera llamada se hizo el silencio, corrió la sudoración y la función zarpó. Imparable la capitana, con la ordenanza recibida del dramaturgo queretano Gerardo Mancebo del Castillo Trejo, acometió sus Tremendas Aventuras. Poco le faltó para que blandiera un látigo a fin de preservar su espacio escénico, sus mares y sus playas, del desparramamiento de la muchedumbre que se agolpaba en los litorales, las gradas, las sillas, y sobre los morrales y las mochilas, achuchándose sudorosa y salivosamente. Imposible tomar una foto, si sacaba uno los codos de los costados no los volvería a meter, ya se tenía suficiente ocupación en el intento de retirar el sudor de los lentes o estarlos recogiendo de la punta de la nariz. La capitana parecía vitaminada con aceite de hígado de bacalao desde la teta. Los disparates nos arremetían por oleadas sin que perdieran una congruencia particular y específica, aunque no cupiera ‘la hora del té’ en aquel maremágnum. gazpacho1                                                                                              
Alcanzar la calle resultó fue como escapar de la resaca que regresa a la turbulencia oceánica. Desembarcado de la función busqué en el fresco nocturno jalapeño la pérdida del mareo propinado por “Las tremendas aventuras de la capitana Gazpacho, o de cómo los elefantes aprendieron a jugar canicas”, sin que faltaran los alentados, recargados e impelidos al jaleo. 

Reencontré a la capitana, o casi, cuatro o cinco años después, atracada en La Caverna de la Casa de la Cultura ‘Dr. Ignacio Mena Rosales’ donde las individualidades desbordaron la trama al punto de escapárseles a los intérpretes las risas por el desempeño de los propios personajes. Jean-Paul Carstensen prefería divertirse con las improvisaciones y genialidades de los actores que reclamar acatamiento a su dirección escénica. Esaú Toscano y Juan Carlos Rocha eran la hilaridad personificada con la pareja de Honorosa y Pompeyo, respectivamente. Carlos Casas se burlaba de Catalino, el grumete de la capitana, en los brazos de Mina, ironizaban la tergiversación de situaciones de género dada la diferencia de talla a favor de Oriana Martínez quien lo cargaba cual muñeco, en veces un bebé otras semejado comparsa de ventrílocuo. La Gazpacho se desdibujaba en la misma proporción que crecía el entretenimiento. La farsa era total y por partida doble: la puesta por Mancebo del Castillo en la trama y la puesta por los actores en las situaciones de los personajes, dadas sus circunstancias personales y las escénicas. Un espacio de tres por tres por ocho metros apenas y da para un camarote y un naufragio, bueno, y para izar una velita a todo trapito, pero de ninguna manera para Tremendas Aventuras en alta mar hasta casi topar con un iceberg. gazpacho2 


Casi diez años después la vuelvo a ver desplegando la única vela de su velamen, surcando con gran equilibrio el escenario de La Gaviota Teatro. Sobra la afinidad para explicarse el entendimiento. Una compañía de artistas que saca a relucir una compaginación y compenetración interpretativas respaldadas por una diversidad y cantidad de puestas en escena que seguramente pierde en la memoria. Con el debido destacamiento del protagónico que lleva el título de la obra, ningún personaje se pierde y sobresale en los momentos correspondientes. Igualmente sus circunstancias y espacios, aunque visualmente no dejan de traslaparse según el ángulo desde la platea, dadas las limitaciones impuestas por las dimensiones. Inconveniente muy superado con las bien diferenciadas escenografías. Los parlamentos vertiginosos que no pierden claridad. Los cambios de Catalino, del laborioso subordinado al sapiente y experimentado veterano del mar, además de graciosos resultan laudables dada la ligereza y naturalidad con que se suceden. El ritmo y la continuidad casi acelerada, salvo los tiempos para el té, no llegan a la precipitación ni el atropellamiento. Sin que deje de resentirse la duración. Y es que tanto disparate, después de reír, alcanza a atarantar. Afortunadamente la trama crece en intensidad derivando en un revoltijo carnavalesco. Y que cada quien escoja su héroe, o lo contrario. A mí me exasperó Honorosa con su abnegada vocación de costal, qué lástima que no le estallaron los petardos, pues no vi que le metieran lumbre a la mecha, aunque para la capitana solo quedara el consuelo de la masturbación.  Sus aseveraciones acerca del héroe están de grafitearlas para releerlas a toda hora y día, y mascullarlas en la reflexión; si presta su inodoro mejor: “¿Para qué quiere la vida un héroe si no hay amor que la sustente? ¿Qué permiso tenía yo para amar siendo héroe? Amé como los comunes sin saber que la grandeza no lo permite...”.  gazpacho3


No deja de resultar distractor que Mina sea interpretada por un actor, y es distractor porque advierte uno que se trata de un hombre, sin que por tal le aporte nada al personaje femenino. No es un fingimiento ni un amaneramiento, es la sustitución de una actriz con el género que la caracteriza. La delicada, sensible y enamoradiza personalidad de Mina está dada muy convincentemente, y así más estorba que finalmente se advierta corporizada por un hombre, resultando así una caricatura, fina, pero caricatura. Estorbaría menos transformada en un personaje con aspiración y ánimo de vivir el género opuesto, que la cabal sustitución, mientras ésta sea perceptible. Si por lo menos dejara en la duda.

 

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