El futuro Cómico con presente prometedor

Jueves, 13 de Julio de 2017 00:00 Oscar Salas ECLÉCTICA - El Espectador
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El futuro Cómico con presente prometedor

No me gusta el teatro actuado por niños, así respondí a una invitación para presenciar “Los niños de Morelia”. Como finalmente la aproveché para no perder la función de cierre de temporada el jueves 6, además felizmente no llovió, empecé mi correspondiente nota con estas reflexiones: Únicamente el infantilismo actuado por actores adultos lo supera en ausencia de verosimilitud. No es extraño que los personajes infantiles que interpretan los niños los inventan autores adultos, y ahí podría estar el primer desacierto. Quizá se inspiran en su propia infancia sin caer en la cuenta de que la están observando desde su condición adulta. Seguramente los más acertados han de ser quienes sencillamente se dedican a observar a los niños sin interferir en su discurrir, mucho menos calificarlo, e incluso adoptando sus enjuiciamientos y valoraciones. infantil1

Mientras más intento avanzar en mi nota me atacan y asaltan recreaciones infantiles memorables que contradicen mi respuesta inicial y mis primeras líneas. “El Principito” que montó Ana Bertha Cruces con un principito muy convincente porque su intérprete dejaba la impresión de no ser un personaje, sino verdaderamente un niño llegado, sin proponérselo, de otro lugar o planeta. Él no hacía la diferencia tan nimia. Con una flor juguetona y coqueta que verdaderamente era Flor (Tinoco Sequeiros). Un avaro que hacía recordar al tío Rico MacPato, una víbora y quizá un beodo, todos exageradamente verosímiles a pesar de saber que los encarnaba e interpretaba Solkamiri Santiago. “Las malas palabras”, de Perla Schumacher, a pesar de que la caracterización de A.B. Cruces, no obstante las trenzas, poco convencía como niña, pero la vivencia de su trama no dejaba de ser enormemente conmovedora y simpática: la interacción con El Pelos era una elegía a la fantasía infantil. Solo Alicia, en aquel agujero maravilloso, toparía con un personaje tan fantástico. Para túneles, perforaciones y profundidades “El pozo de los mil demonios”, de Maribel Carrasco, montada por Ituriel Hernández con un duende que solo sabe vivir jugando y carga su dado cual segundo corazón para ir jalando, y queda colgado en la inanición al perderlo; unos seres subterráneos con unos razonamientos incomprensibles muy funcionales en su hábitat. La versión marioneta por parte de Franco Vega lo convertía a uno en un Gulliver que debía presenciar la trama no más allá de un metro de distancia para maravillarse con la transformación de los mundos tan solo con darle la vuelta, 1800, a la diminuta escenografía. También inolvidables “Mía”, de Amaranta Leyva, y “La nave”, de José Luis Pineda Servín. La primera con un juguete que me sugirió una catarinita intergaláctica, no obstante su muy azulada personalidad, que intentaba comprender la situación de Mía, su dueña y compañera de juegos, y levantarle el ánimo ante la infelicidad que experimentaba por la violenta convivencia y separación de sus padres. La segunda, la preparación de una aventura cósmica alterada por la metiche, chismosa y chantajista hermana mayor con su pistola de pompas de jabón, y terminada con el llamado materno a la mesa para tomar la cena. infantil2

Puesto en el mesón de los Cómicos de la Legua, épico resulta el recuerdo de “Fauna rock”, creación y puesta en escena de la maestra Lupita Smythe, una vigorosísima loa a favor de la naturaleza y su sustentable preservación. Pocas veces he conocido una energización tan contundente desde un escenario por una desfogada marabunta infantil tan bien coordinada, con caracterizaciones tan simpáticas y conmovedoras. No menos avasallante resultaba la escenografía literalmente monumental. “Momo y los ladrones del tiempo”, de Michael Ende, montada por Víctor M. Mendoza, surge insoslayable en la recordación de la actuación infantil en el escenario de los decanos del teatro universitario latinoamericano. El peso dado a las colectividades enfrentadas y lideradas de una manera tan enérgica, entusiasta y motivante por parte de los pequeños y pequeñas intérpretes respectivamente protagónicos no dejaba de asombrar, según transcurría y crecía la trama hasta su sombrío, y a la vez alentador, cuestionador y promisorio final, que claramente incitaba a una continuación reflexiva en cada espectador. infantil3

Este interrumpido, que no concluido, recuento y recorrido por el teatro que involucra intérpretes y/o temática infantiles, que mucho contradice y desmiente mis líneas de apertura no me llevó a conocer, por ausente en su momento, a “Los niños de Morelia”, del abogado y dramaturgo chihuahuense Víctor Rascón Banda, sino la cada vez mejor cimentada marca ‘Sasia-Pizano’ (Víctor y Guadalupe) en la creación escénica queretana, y salí muy poco decepcionado, más bien asegurado en el porvenir de los decanos Cómicos de la Legua.

Un inicial cuestionamiento muy pronto desapareció: la muy poco castiza presencia ni imagen de los niños y niñas de mexicana apariencia fácilmente así identificable en diferentes grados, según sus fisonomías y acentos. Tal es el peso de la trama, de la tragedia humana. Hay parlamentos iniciales de una contundencia brutal: ‘No somos huérfanos’, ‘No vimos, nos trajeron, nos enviaron’, que muy fácilmente nos transportarían ante imágenes recientemente icónicas, ruinosa y pertinentemente captadas en el poniente mediterráneo europeo y noreste africano. La guerra, otra guerra una vez más, y quienes huyen de ella, o por lo menos intentan poner a salvo a los más frágiles y prometedores. “Los niños de Morelia” fueron aquellos españolitos, damnificados colaterales primero de la Guerra Civil Española (1936-39), acogidos en México durante la presidencia del general Lázaro Cárdenas del Río, cuya orfandad mucho certificó la derrota de los republicanos en la península, y prácticamente selló el estallido de la segunda Gran Guerra (1939-45). infantil4

Con la dramaturgia de Rascón Banda conocemos los avatares emocionales y físicos de aquellos pequeños, vividos por la incertidumbre de su localización, manutención y asiento definitivo, o por lo menos de una estabilidad esperanzadora, quienes simpáticamente nos platican también sus extrañezas idiomáticas, subrayando el barroquismo mexicano cubierto de urbanidad, corrección y cortesía turbadora, siendo emblemático aquel exceso formulismo hospitalario: ‘Mi casa, que es la suya también’. Tanta narración escénica resuelta principalmente con el constante movimiento de dos grandes muebles, atinadamente neutros, alcanza a ser un tanto fastidioso, aunque muy bien son convertidos en diferentes medios de transportación marítima y terrestre. También resuelven espacios como dormitorios, aulas, comedores, áreas de juego, y sitios de abandono. La continuidad y el ritmo de la actuación y el trazo escénico mucho interfieren la molestia de la constante transformación física del foro. Además ha de adicionársele el canto y la ejecución guitarrística de calidad sobresaliente.

 

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