El entorno infernal

Jueves, 05 de Octubre de 2017 00:00 Oscar Salas ECLÉCTICA - El Espectador
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El entorno infernal

huisclos1Si ningún recurso escénico parece puesto para la risa y ésta se escucha entre las pocas espectadoras, entonces cabe suponer algún despropósito en el montaje. Tal fue el caso del jueves 28 de septiembre en El Jacalón con el estreno de “A puerta cerrada”, de Jean-Paul Sartre. El atractivo entre morboso y curioso lo representaban Víctor Lagunes y Eduardo Gallegos, en ese orden. El primero por ver si dejaba de ser Víctor Lagunes para convertirse en el personaje, o si resultaba el personaje siendo Víctor Lagunes. El segundo por conocer qué surgía de sus camaleónicos afanes. De lo demás todo lo desconocía, salvo que fuera del registro universitario de inscripción, el apellido del director es sumamente desconocido no obstante su castellana popularidad, por lo menos es de suponerse en la licenciatura en Artes Escénicas, máxime con terminación en Actuación: Saavedra. 

huisclos2Del primer aludido mi disquisición pudo pasar a un término secundario: le fue bien al personaje y mejor al intérprete. Quizá el mayor acierto sería para el director por su selección. Pero sobre ambos el que hayan dejado funcionar tan bien el texto del existencialista francés. Siendo Garcín quien nos inaugura en el encierro, pronto nuestra atención es sustraída por el misterio de la definición del sitio, después por los motivos de su arribo, y poco después por su condición existencial. Garcín no nos atrae por su situación prácticamente única durante el inicio de la representación, sino por su aire petulante de incomodidad y antipático con la carencia de méritos del suelo que pisa. Garcín revisa, ¡supervisa!, el espacio como quien ha de decidir y aprobar un largo hospedaje o estancia, a la manera del aristócrata o adinerado que define sobre su temporada estival o invernal, en el campo o en la ciudad (¡Uf, qué fastidio, cuánta fatiga!). Solo cuando lo dice expresamente nos enteramos que ha llegado al infierno. Nos dilucida su condición mortal, sobre la que tenemos poca certeza, al referir su ejecución. Con los motivos de ésta conocemos su ideología y un tanto su desempeño social. Los momentos en que se dirige retóricamente a un nivel superior han de reforzar el nivel inferior que ahora habita. 

huisclos3Con la entrada cautelosa de Inés, de no querer ser advertida, me entero de la ubicación de E. Gallegos; incurre nuevamente en un personaje femenino. Las risas las escucho franquearse cuando adopta un pudoroso sentado femenino en un taburete. No obstante la plausible caracterización, el mesurado y atinado amaneramiento, no cesa la distracción de las facciones masculinas, del timbre y la entonación identitarios de la mariconería. No bastaría que careciésemos de información acerca de Gallegos, el elemento distractor está presente. Aun queriendo conceder, la interrogación se sostiene ¿qué razón dramática valida este travestismo? Que Inés es lesbiana, marca el autor. Pues no deja de ser un personaje femenino. J.P. Sartre tuvo en mente en este caso escribir para tres amigos, un actor y dos actrices. No obstante esta perturbación, Inés no deja de ser una amargosa, agresiva, confrontativa y trasgresora burócrata celosa y asesina que, puestos a elegir mucho votaría uno porque permaneciera por siempre en el sitio arribado, pero sin la oportunidad de fastidiar a Garcín, menos a la graciosa y agraciada Estela. Aunque el texto lo impediría pues dejaría de ser “Huis clos”: Sartre plantea como infierno la presencia de los otros por anular, o ensombrecer, la exclusividad o primacía en el sitio, subrayando en la mutuidad de sus circunstancias su dependencia. (“l’énfer c’est les autres”.) Sobre todo cuando en ésta va incluida la revelación o exposición de una cara innoble y reprochable de sus pasados. Inés sale adelante como la cizañosa que ‘le caga la sopa’ a sus compañeros de viaje, no obstante los intentos de Garcín por alcanzar la tranquilidad aislándose y Estela prodigándose llevadera, evitando asperezas y realidades como el estado difunto en que se encuentran.

Amén de momentos climáticos entre Garcín y Estela cuando ésta lo requiere galante y finalmente éste no se atreve a la aproximación demandada; y cuando Inés aborda a Estela y ésta escapa de su asalto, el momento climático de la trama los vemos en la negación de la libertad, o la opción por la permanencia en el encierro. En un arrebato de incompatibilidad con Estela e Inés, Garcín oprime el botón del timbre que supuesta y advertidamente no funcionaría, sin embargo no es el caso, y la puerta del infierno se abre… sin que Garcín ose cruzarla. 

No obstante la disparidad en la fuerza y el peso de las personalidades de los personajes, el trabajo de Víctor Lagunes, Eduardo Gallegos y Dadá Salas resulta plausiblemente equilibrado, sobre todo en los embates que se propinan José Garcín, Inés Serrano y Estela Rigault.

Más allá de una sencilla recreación escenográfica Segundo Imperio, otro acierto de la dirección escénica de Hadid Saavedra está en prescindir del afrancesamiento, que no se avizora cómo le habría dado mayor verosimilitud y hondura a esta “A puerta cerrada”; ni al caso haberse enredado en el valor judicial de ‘huis clos’.

 

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