Dos cientos

Jueves, 14 de Diciembre de 2017 00:00 Oscar Salas ECLÉCTICA - El Espectador
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Dos cientos

Dentro del 4° Encuentro Transdisciplinario Imaginartes dos producciones teatrales queretanas los días 9 y 11 de diciembre develaron sendas placas para festejar el ciento de representaciones: “El diputado”, del dramaturgo juarense Edeberto Galindo y “Biutiful”, paráfrasis de Omar Alain Rodrigo a “Después del desayuno”, del dramaturgo estadounidense Eugene O’ Neil, por parte de los grupos Avatares y Espektros, respectivamente. centenario1

Nora, la chica del bar, ha permanecido estupenda, sobre todo visualmente, encarnada por Cecilia Navarro, en la temporada de estreno (septiembre-diciembre 2014), o ahora por Berenice Acosta. A Delmy Muñoz no la vi, pero seguramente no debe haber quedado a la zaga. Sin embargo, por su valía histriónica, me quedo con la primera. A aquella Nora parecía no importarle ‘estar buena’ ni que este estado de gracia fuera el motivo para ser buscada y preferida. Este desprendimiento, esta despreocupación, resultaba un plus atractivo y simpático en la personalidad ligera de aquella Nora. Actualmente este personaje sabe qué tiene, para qué sirve y cómo manejarlo… con gracia y provocación. Que una bella le saque ventaja y provecho a su belleza no es nada nuevo, aunque mucho se le agradezca la generosidad de la exhibición. El Flaco del estreno ahora ya no tuvo la extravagancia y el lucimiento que no venía a cuento en un personaje secundario que incluso se antoja prescindible, su ausencia no alteraría el tema ni la continuidad y congruencia de la trama, sin que desapareciera la soba que se lleva el Chucky en sus eventuales labores de estibador. Aunque este personaje ahora se desborda en manoteo, tanto la frecuencia como las dimensiones, aparece con un desmoronamiento emocional y descorazonamiento social que resulta profundamente conmovedor y lastimero, cuando cae en la cuenta de la podredumbre e inmoralidad en la que navega –no se debate-- desvergonzada e impúdicamente la política mexicana y sus practicantes. Hay más congruencia y dignidad entre las ratas que le disputan las inmundicias en el vertedero donde resguarda a su secuestrado, a quien finalmente liberta sin ningún rescate por el asco que le inspira cualquier cosa proveniente de él. En ese momento muy bien se instala El Chucky en la cima protagónica aunque no lleve el título de la obra. Como antagónico moral, el diputado, con algo así como un «c’est la vie» explica el estercolero en el que todos los de su estirpe se baten por el poder mientras la pusilanimidad retraiga a los gobernados, si no en la complacencia sí en la complicidad. Quedamos convocados mientras corre el desparramamiento de la inmundicia decadente. ¿Es el hedor o nos estamos pudriendo? centenario2

En esta descripción y fotografía de una realidad pública mexicana no escapan el humor y la superficialidad en medio de la desgracia, redundando en una mayor redondez dramática. Para el primero vemos el absurdo que viven secuestrado y secuestrador, ambos inexpertos en secuestro, más el segundo que el primero conflictuado en la definición del importe del rescate. El dilema nos permite conocer el tamañito de su agobio que apenas requeriría o justificaría el riesgo del secuestro. Tan irrisoria resulta la cifra que el secuestrado está puesto a cubrirla con un tarjetazo. El secuestrador no cabe en sí mismo para comprender tantísimo poder de un plastiquito. Se desliza el chiste de la esposa doblando el importe demandado para que el secuestrado sea retenido. Para el secuestrado resulta inconcebible e incomprensible que alguien se meta en semejante lío por tan nimia suma, o sea, como pendejo no deja nada para nadie. También la inocencia y la ternura hacen reír cuando aflora en la ingenuidad del secuestrador la ilusionada y alentadora confesión de su apodo: Guapo. El remate del gracejo es el uso del sobrenombre por parte del secuestrado dirigiéndose a su victimario. El absurdo irrisorio llega a la compartición de una manta para protegerse del frío, para darse calor. El acierto de dirección e interpretación de esta convivencia radica en sostener la comicidad en tono de drama; ni por asomo pretenden ser chistosos. La superficialidad en medio de la desgracia como otra fase del humor la vemos en las sugerencias y consejos gastronómicos del Chucky a la esposa del secuestrado mientras determina la entrega del rescate. centenario3

Más cercana a la banalidad, por vanidad, está en la atención puesta por Nora en su presentación televisiva cuando la interrogan acerca de la conducta del secuestrado, una vez que ha sido emprendida su búsqueda. Aquí vi otra diferencia interpretativa entre Navarro y Acosta. La primera pareció ocuparse por sus ‘cinco minutos’ de fama, y la segunda más puesta a aprovechar la oportunidad de regodearse en el chisme. Ambas interpretaciones funcionan como parte de la fotografía propuesta por el dramaturgo, sin embargo como pérdida de sensibilidad por el sufrimiento del prójimo, más afín con la trama, lleva mi preferencia a la propuesta presentada en la temporada de estreno.

Cuesta trabajo, mortifica mucho sostener la mirada frente a este espejo. (Un suéter, dos chamarras, un gorro de estambre y las noticias bajo cero centígrados me abstuvieron de “Biutiful.

 

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