La vida atemporal de la muerte

Jueves, 24 de Mayo de 2018 00:00 Oscar Salas ECLÉCTICA - El Espectador
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La vida atemporal de la muerte

Dejamos de contar el tiempo cuando el tiempo deja de contar para nosotros, ni en horas, ni en días, ni en años porque ya estamos en la eternidad, donde pretérito y futuro, copretérito y pluscuamperfecto convergen en presente continuo, y el subjuntivo ya-pa’qué. No sabemos si David y Julián, Diana y Julieta viven muertos para ver morir alternadamente a uno de ellos durante la trama representada cada viernes, en el auditorio de la Casa de la Cultura ‘Dr Ignacio Mena Rosales’, según la concepción de Fraktal Compañía Teatral, bajo las direcciones escénicas de Lesly Cobos para cuando las interpretaciones masculinas y Eduardo Gallegos para cuando las femeninas. Se nos presentan en estado difunto y en retrospección nos enteramos de lo sucedió para que terminaran en la situación en que ya se encuentran. eternidad1

Es en la eternidad donde sucede, donde se encuentra el tiempo sin cuenta, sin orden, ni secuencia, ni progresión exactamente cronológica, de tal manera que no sabemos si David (E. Gallegos), y en su turno Diana (L. Cobos), está muerto o vivo cuando empieza a platicar --¿diálogo interior?--, narrar o recordar lo vivido o por vivir. En este transcurso mental sustanciado por quien se explaye, deja fluir memoriosamente vivencias infantiles, fraternales y filiales; amorosas… todas ellas en clave de negatividad o maldad: el abuso por la potestad del poder derivado de la ascendencia mediante la primogenitura y la paternidad, según el caso; la traición de la confianza y de la fidelidad quebrantando lazos y relaciones amistosas y las románticas, con las correspondientes reivindicaciones, sin importar que sea a través de la prostitución del propósito original de los conocimientos y formación profesional, como valerse de la Química para el calculado y meditado envenenamiento contundente.

Vi en el ente (Marcela Bautista) el mantenimiento y reforzamiento de la atemporalidad de la eternidad con su presencia ausente a fuerza de carecer de una forma identificable con una definición. Igual intención cumpliría la irrelevancia del género para transitar por la misma trama, apenas con variantes prescindibles como la pelota con los niños y la muñeca con las niñas. Ambas parejas podían aparecer con el primer juguete, variando el juego, y no ‘volear’ a la Barbie, acción un tanto desencajada, fuera de lugar. eternidad2

El inducir y dejar el pensamiento en la disquisición arriba expuesta a partir de la metafórica sugerencia del se-acabó, del ya-no-hay-nada, enunciando la eternidad para dentro de ésta darnos una trama cotidiana, me parece el mérito dramatúrgico a destacar en esta propuesta osada y arriesgada de Fraktal, porque en el intento sería muy fácil caer en un enredijo sin pies ni cabeza al amparo de la temporalidad sin cuenta que supuestamente tendríamos en la eternidad. En una conjetura, más bien con calidad de calentura, y dadas las dos condiciones siguientes: no se apunta, o no escuché, una autoría dramatúrgica de “En la eternidad”, y la presencia de Julio Morales. Me parece que hay una reiteración, con riesgo de fijación, de una infancia trasgredida, violada, con refugio en la sublimación de la imaginería, pues veo asomarse temáticamente el meollo de “El conjuro”, cuyas autoría y dirección escénica firma J. Morales. Lo apunto por el agotamiento y estancamiento que esto pudiera representar. Que en la recordación de vida tan joven, a un par de años de haber egresado de la licenciatura, priven los momentos lastimosos de la infancia, en especial la agresión carnal, serían materia de un diagnóstico o apreciación más amplio en el que obligadamente estaría imbricado el entorno que nos habita, no que habitamos.

 

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