Teatro contemporáneo

Jueves, 31 de Mayo de 2018 00:00 Oscar Salas ECLÉCTICA - El Espectador
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Teatro contemporáneo

Ilustrativa cuenta de teatro contemporáneo dan los estudiantes del sexto semestre de la licenciatura en Actuación de la FBA-UAQ, y los grupos queretanos Barón Negro, y Galatsia Teatro con “Okies”, “Hikari”, y “El cielo en la piel”, de Diana P. Benítez, Ana Lucía Ramírez, y Edgar Chías, en el espacio apodado El Jacalón, el Centro Cultural La Gaviota, y en La Cartelera; todo respectivamente. Los tres elencos, remedando su publicidad son 100% UAQ, y en los créditos artísticos también prevalece la misma característica, extensiva en sentido inverso tratándose de la dramaturgia. La coincidencia temática seguramente no es premeditada pero no deja de ser sintomática del tiempo que vivimos: atemorizante, plagado de amenazas y hechos contumaces. contemporaneo1

Con un inicio impactante: un pase de lista de los espectadores; la indicación: Parados (por favor, entre paréntesis porque quizá no fue dicho) contra la pared y la mirada al frente. Precipitación, apresuramiento y encaramamiento de la barda opuesta, disputa por su cima, imposición del más fuerte y resistente/auxilio del rezagado; narración a la limón de una condición económica acuciante. Pronto resulta entendible la representación de la migración forzada y repelida, máxime con la retórica del actual presidente estadounidense.   Mientras transcurría la representación de “Okies”, que tanto involucra al espectador aun antes de cruzar la puerta de entrada a El Jacalón universitario, la puesta en escena dirigida por la maestra Abigail Contreras Favila, no dejaba de parecerme una narración descriptiva a punta de una concatenación de ‘retratos’ de situaciones humanas. La interpelación de los espectadores es una constante, al punto de la incitación, pues termina la función con una pregunta a coro de los personajes, a muy corta distancia de sus  espaldas: ¿y tú qué prefieres? Con una metafórica referencia a cambiar yo de geografía, o cambiar nosotros la geografía: física y social. Cuando leí en la promoción digital ‘Teatro documental’ entendí un tanto mi extrañeza ante cierta falta de organicidad, aunque no el posible descuido  de una de las estudiantes con su sombra de párpados y lineamiento de cejas cuando las demás salieron a cara lavada, o así me lo pareció, y que resultaba más propio de las circunstancias migrantes de los personajes. Recurso y valor interpretativo, la organicidad, que de ninguna manera está ausente en “Hikari” y “El cielo en la piel”.  contemporaneo2

Los valores de ‘Luz’ o ‘Brillo’, que es el significado de la expresión japonesa, me son más bien sentimentales, casi tanto como de preferencia artística: la reaparición de Barón Negro, y además de Harlem Tapia, tan acertada como aquella estudiante, Stephanie Myers, que le arruinó la vida a su profesora de literatura, Samanta Heighs,  en “Tren nocturno a Georgia”, de María Luisa Medina, con una tórrida amorosidad lésbica. Sin conocer el texto con título de modelo Nissan, y dada la creatividad de Carlos Casas y Mafer Monroy Gómez, supondré que la sugerencia de algo así como una partenogénesis en los inicios de la especie humana pertenece a su dramaturgia de dirección de escena, para implicar una indiferenciación sexuada y una postura/actitud incluyente. A continuación entra plenamente la obra de Ana Lucía Ramírez que ubica el disparo de la trama de “Hikari” en un accidente que provoca una impericia quirúrgica resultando una semimutilación del pene de un neonato. Remedio familiar, respaldado por un pseudopsicólogo, criar al afectado como niña. Fracaso total: la persona afectada crece confundida, su psique no empata con la formación recibida, las consecuentes incidencias de desadaptación doméstica y social son la riqueza de la trama cuya autora, con esta obra, pinta más para novelista que dramaturga. No menos riqueza recibimos de Karim Aarun, H. Tapia, en el foro, y de C. Casas y M.F. Monroy en el montaje al no entramparse en esta alternancia de géneros masculino en femenino y viceversa. Tampoco con la cronología, no transitada linealmente. No tan solo por la proximidad física, en este montaje también mucho se prescinde de la cuarta pared, compartiendo así los personajes intensamente sus angustias, incomodidades, inconformidades y rebeldías. El título resulta un tanto incidental, sin conexión, por lo menos en este montaje, con la trama. La representación del automóvil con un carrito de supermercado tiene un plausible valor paródico, más con el logotipo de la casa automotriz, como una burla de la jodidez: jodido pero feliz pues no contamino agotando recursos naturales. El minimalismo de apoyar la infantilidad con dos mamparas móviles que simulan una hoja de cuaderno abona a la citada creatividad escénica de quienes encabezan al Barón Negro. contemporaneo3

Con el advenimiento de la desposesión total, anímica y material, sólo quedaría “El cielo en la piel”, tal podría ser la traducción metafórica del texto de Edgar Chías bajo la dirección de Leonardo Kosta, porque Personaje Principal hasta de nombre carece, de ahí las mayúsculas iniciales a su alusión dramática. El momento que cambia la dirección de su posible anodino y apacible destino está dado por el encuentro con un espejo. Ninguna definición ni descripción colman su visión y constatación de la fealdad, y la asimilación de todas las imposibilidades y condenaciones que ésta conlleva. El tratamiento y abordaje de esta condición estética, o quizá mejor dicho su ausencia convencional, valdría por todo el texto en cuestión, pero Chías abunda en más infamias y barbaridades, dejando entrever, dada su experiencia docente y editorial, algún grado, directo y no tanto, de autoflagelación, y así exhibir y evidenciar nuestras vergüenzas formativas y culturales, o que deberían serlo, como es el caso riesgoso y peligroso del libro y el uso aislante y consolante de la lectura. Para respaldar lo expuesto no resisto la tentación de por lo menos proponer las secciones “Tu cara en el espejo –la revelación” y “Como te ves te tratas” localizables mediante este enlace (http://www.contextoteatral.es/textos/elcieloenlapiel.pdf), no vaya a incurrir en la violación de alguna de las innumerables condiciones que protegen, en por lo menos veinte renglones, los Derechos de Autor. Hoy es tal la recurrencia informativa del feminicidio que prefiero nada más subrayar la capacidad actoral e interpretativa de Mauricio Figueroa para dar los personajes masculinos expuestos por el dramaturgo defeño, en su saña, indiferencia, cinismo, desvarío, psicopatía para perseguir, acosar, escarnecer, desmembrar, desaparecer a sus víctimas. En La Cartelera la cuarta pared es meramente una remembranza escénica o entelequia conceptual, y con semejante tema la interlocución por parte de los actores resulta una interrogante agresión para el espectador no avezado. 

Cabría también apuntar como otra característica, además de la actualidad, del teatro contemporáneo en Querétaro la economía de recursos escénicos y la mínima caracterización. Aquí muy poco, o nada, cabe la diversión, pero se aplaude la entrega, la sinceridad, la convicción.

 

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