ELLOS POR ELLAS; ¿cuál justificación?

Jueves, 05 de Julio de 2018 00:00 Oscar Salas ECLÉCTICA - El Espectador
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Del Teatro al TEATRO; ¿cuál justificación?

«─Todo lo que pones en el escenario debe estar justificado─», me dijo un maestro y director escénico en una plática o se lo escuché en una conferencia; dicho de otra manera, nada en la escena puede ser gratuito. Esta afirmación, quizá con calidad de postulado o principio y a la que mucho procuro apegarme, la recuerdo tras presenciar el sábado 30 de junio, en el Mesón de los Cómicos de la Legua, “La casa de Bernarda Alba, musical mexicano”, adaptación, dirección y actuación, alternada, de Alexandro Celia. Esta alusión viene a cuento porque los siete personajes femeninos, madre, hijas y nana, son interpretados por actores.

Las caracterizaciones resultan superlativas, tanto por los maquillajes como por el vestuario, las interpretaciones, en largos tramos y momentos no van a la zaga, sin embargo, en diferentes grados no deja de aparecer la obvia masculinidad o la falta de feminidad. Es muy difícil hacer desaparecer la reciedumbre de un rostro masculino y los modos característicos así como suplantar la delicadeza y la elegancia femeninas. Cabría recordar los juegos olímpicos de verano: en pista y campo, en gimnasia, en natación, hombres y mujeres hacen lo mismo, pero no es lo mismo, que será parte de la razón por la que no hay nado sincronizado masculino. bernarda1

Para el caso, quizá tenga demasiado visto a Víctor M. Mendoza F. en sinnúmero de protagónicos siempre con los Cómicos de la Legua que me permite ubicar su energía en las entonaciones, en los modos de levantar los brazos y apuntar con las manos apoyando a la misma. Cuando las posibles preferencias lésbicas de Martirio son descubiertas por Adela, la pena o apuro por la incriminación expresada por Mendoza no alcanza la convicción femenina que, por ejemplo entrega Penélope Corral como Yerma cuando reclama su ansia, voluntad y afán de experimentar en su vientre la germinación de vida, una plenitud existencial que únicamente ellas pueden gratificarse porque de ella se saben poseedoras.

Por más que bienvuelen las faldas, en las ejecuciones coreográficas por parte de las hijas de Bernarda se echa notoriamente de menos la finura y la gracia femeninas.

La manera como las hermanas están conflictuadas consigo mismas y entre sí llevando a la impositiva madre como eje generador de la conflictuación, según está planteado en el texto lorquiano, la conocemos o repasamos convenientemente mediante la reposición del montaje que está cumpliendo veinte años de haber sido estrenado. ¿Cuánto el condicionamiento social incide en tal tensión familiar? Esta influencia de lo exterior en lo interior es apenas atendido por Celia, como al contrario lo hizo cuando incorporó el fusilamiento del autor granadino en “Yerma, el musical”. bernarda2

Concluyo así que poco o nada ganan, o son beneficiados, los personajes con esta feminidad desde cuerpos y estructuras masculinas. Que actores hombres (sic), según el prólogo del programa de mano, se pongan literalmente en los zapatos de estas desdichadas mujeres, las hijas de Bernarda, me parece que valida endeblemente la decisión del cruzamiento de géneros. El constreñimiento familiar como consecuencia del social existe y sucede para unos y otras sin compartir calzado u optar por el unisex. La masculinidad no es ni está puesta en el escenario, entonces ¿para qué poner hombres metidos en personajes femeninos? Acaso como reto actoral y personal: ambición muy válida, pero que no entonces es parte de la misión y razón del intérprete servir al Teatro más que servirse de él, o conciliadoramente servirse sirviéndolo. Quizá por la riqueza y variedad de facetas y matices, Alexandro Celia no se le quiso resistir al personaje de Poncia, y se advierte que lo goza y disfruta rompiendo la cuarta pared según reaccione y responda el espectador que más a la mano le quede. La intensidad de por lo menos un par de momentos de enfrentamiento con Bernarda son de una excelsitud gloriosa, al margen de la calidad de las emociones chocando: la autoridad moral versus la jerárquica. Los ademanes fornicarios resultan excesos para la complacencia y alboroto de la gallera de ramplonería muy recurrida. Por lo menos se podrían insinuar con menos vulgar obviedad y más imaginación creativa. (Finalmente se trata de Lorca no de Palillo, estaríamos en La Barraca no en la carpa.)

La madre es estentórea y ampulosa, con el gesto y el tono adoptado basta para dejar debidamente asentado su ánimo atrabiliario y pagado de sí mismo. Esto último un tanto apartado del texto adaptado. Los golpes con el báculo-bastón-cetro están sobrados en sonoridad pero especialmente en cantidad y oportunidad. A la prestancia de esta Bernarda le sobra tiesura en perjuicio de la verosimilitud hierática. Mucha jerarquía le da el vestuario y las maneras de portarlo. Apenas un guiño al ‘qué-dirán’ da cuenta de la personificación que hace al interior de su casa de la opresión e intromisión del entorno social. bernarda3

La sencillez y armonía escenográfica se antoja delicadamente pincelada, con una gran cruz elevada y levemente inclinada con carácter de asomo firmemente vigilante. El número de uniformes veladoras, geométricamente dispuesto, no está escatimado: un anticipo y un resguardo de una ambientación religiosa que respalda con tino la ocasión luctuosa y el forzado recogimiento devoto. Los cantos corales se escuchan como una sola voz, con una sonoridad melodiosa y una musicalidad enaltecedora.

Qué regusto tendríamos los espectadores recibiendo este montaje con actrices. Dentro y fuera de los Cómicos abundan en Querétaro intérpretes, a no dudar, hasta para dos repartos, juvenil y adulto, que darían una delicia de representación. Los actores, no obstante la calidad de sus desempeños, distraen en cuanto que perturban u obstaculizan la atención en la trama. Notable y de mucho agradecerse la abstención en amaneramientos.

 

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