La voz y los latidos de un corazón roto

Jueves, 19 de Julio de 2018 00:00 Oscar Salas ECLÉCTICA - El Espectador
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La voz y los latidos de un corazón roto

Sin proclamas feministas ni incluyentes Espektros Teatro sostiene la diversidad femenina escénica vista en mujeres jóvenes adultas o recién entradas en la madurez por August Strindberg, Elena Garro, Eugene O’Neill y Jean Cocteau, sueco, mexicana, estadounidense y francés, todos del siglo XX. Siempre al borde, y en lucha, de la pérdida fatal: de la cordura o la vida, sin escatimar la presencia, acaso sugerencia, de un arma preferente de fuego. Con la constante de la ausente presencia masculina amada e impermeable a la intensidad sentimental de las atormentadas y/o desengañadas al cabo del tiempo. No insinúo un diagnóstico, tampoco sugerirlo, marco sencillamente una preferencia y una deriva, máxime cuando está apuntando y avisando una trilogía de mujeres conflictuadas. ¿Qué Omar Alain Rodrigo se ha instalado en una zona de confort? Pues sería una construida a mucha ciencia y paciencia; tan solo con acertadísimas intérpretes muy poco aprovechadas, a excepción de Cointa Galindo, muy establecida con Gaviota Teatro. A Laura Corvera y Flor Moreno nada más las he visto trabajar con Espektros. Tan solo monólogos, o casi, para no correr quizá con la monserga de concertar horarios y calendarios. La preferencia laboral por las mujeres no es tan solo en el teatro, alguna facilidad de coordinación productiva habrá. Tan solo en espacios reducidos: ¿qué hay otros en Querétaro?; y dándole segundo, tercer y enésimo provecho a muebles y accesorios, ¿reprochable? voix1 

Es tan grande la soledad del personaje que vemos en el teatrino del Patio Morisco del Museo de la Ciudad desde el primer lunes de julio, que ni un nombre la acompaña. Tampoco un programa de mano a la nueva puesta en escena de Alain Rodrigo. Lástima porque suele ofrecer textos introductorios ilustrativos e interesantes de situaciones de la obra y el autor, y/o las intenciones e intereses en la adaptación y en la selección de la obra adaptada. Pero no es cualquier soledad, una que sucediera con el transcurrir de la vida. Es una infligida sin el atenuante ni la amabilidad de la anticipación, casi con el engaño y la traición. Con el menosprecio y la humillación de la preferencia puesta en otra para ocupar el reconocido socialmente sitial de la esposa. Ni siquiera ocupará el vilipendio secundario de la amante. Le es requerido cualquier rescoldo que atestigüe huella alguna del ahora pasado compartido y construido. Aprovecha el requerimiento telefónico para…

La dependencia emocional del personaje está de diván, o por lo menos de consultorio sentimental; seguramente cualquier actual feminista, militante y beligerante, sufrirá un espasmo de sublevación. «Voilà cinq ans que je vis de toi, que tu es mon seul air respirable, que je passe mon temps à t'attendre [...]» (Cinco años ya que vivo por ti, que tú eres mi único aire respirable, que dedico mi tiempo a esperarte). voix2

Hoy podríamos exasperarnos por cuánto sufre en su dependencia de una persona y una emoción, cuánto infravalora sus recursos y posibilidades para reponerse y salir adelante. Pero Alain Rodrigo se apega a la época de una obra estrenada en febrero de 1930 en París, así nos es dicho por lo menos con dos recursos. El primero musical, “Non, je ne regrette rien”, una de las canciones más emblemáticas, primero de su intérprete más celebrada, Edith Piaf, después de una identidad nacional, y finalmente convertirse en una declaración universal de firmeza en una postura existencial que se dobla pero no se quiebra; en segundo lugar el modelo de aparato telefónico, incluso más o menos interrumpida la comunicación por una operadora.

Podría decirse que la segunda estrofa de “Non, je ne regrette rien” es pasada por alto (dos versos): «Je n'ai plus besoin d'eux (mes souvenirs) // Je reparts à zéro» (No necesito más de mis recuerdos // reempiezo a partir de cero.) Pues mucho se sugiere el suicidio, tan negado telefónicamente.

En más de ochenta años la historia de “La voix humaine” está plagada de aprovechamiento musical; y viceversa, la historia de Espektros, en más de quince años, está acompañada de la música y la sonoridad con atinado carácter protagónico. Se podría apostar por que Omar Alainestaría buscando la oportunidad de aprovechar “Non, je ne regrette rien”, y el texto de Jean Cocteau le viene como anillo al dedo. Esimposibleresistir, no resultar abrasado por el embate y el empuje de esos metales con sordina de la composición de Charles Dumont, y ese timbre agudo rasposo con que seguimos la letra de Michel Vaucaire por parte de una intérprete que salió generosamente del reposo para cantar literalmente con el alma, pues físicamente estaba muy disminuida. voix3

La trama exasperantemente sumisa de “Cartografía de un corazón roto” (que bien la adopción de un adjetivo casi mesurado en lugar de otros más melodramáticamente más desgarradores) es salvada con la sinceridad interpretativa de la actriz Flor Moreno. Quizá si aplicara más en convencernos de estar enamorada de la ilusión de enamorarse, de querer vivir la vida en el amor romántico, que en la correspondencia de quien personifica esa ilusión, la representación resultaría, hoy, menos exasperante. Pero aún con una “Cartografía…” de por medio, puestos en el teatrino del Patio Morisco del Museo de la Ciudad, no estamos en la segunda década del siglo XXI, sino en la tercera del XX.

Recordando que todo en el escenario ha de estar justificado, cabría una significación metafórica para ese espejo de cuerpo entero, cuya colocación tres cuartos obviamente pretende la visibilidad ante el espectador: el ir y venir entre dos realidades, siendo real solo una, ¿de qué lado está el personaje? Algo así entendí por parte de un comentarista francés que seguramente vio completa la función correspondiente, porque a la del lunes 16 de julio llegué diez minutos tarde, más o menos. Casi todos entendemos y aceptamos la convención del corazón como la víscera del amor, pero ¿por qué cartografía? Quizá en un programa de mano estaría la respuesta, pero no lo hay.

 

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