Ruedan y no dejan de rodar las canicas

Jueves, 13 de Diciembre de 2018 00:00 Oscar Salas ECLÉCTICA - El Espectador
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 Ruedan y no dejan de rodar las canicas

Cuánta diferencia hacen los espacios, el físico y el temporal. Por ejemplo del extinto espacio escénico en la casa de la Cultura ‘Dr. Ignacio Mena Rosales’ que conocimos como La Caverna* al de El Jacalón en la FBA-UAQ, en el caso de “Las aventuras de la Capitana Gazpacho, o de cómo los elefantes aprendieron a jugar a las canicas”, del dramaturgo queretano Gerardo Mancebo del Castillo Trejo; y del Cine-teatro ‘Rosalío Solano’ al foro del Museo de la Ciudad de Querétaro en el de “Tetralogía de Edipo”, del creador sanjuanense Desiderio Sánchez. Ambos trabajos presentados hará por lo menos una década.

Por orden calendárico me ocuparé ahora de la primera y en una posterior entrega de la segunda. Cuando “La Capitana…”, el viernes 8 de diciembre, terminaba su sexta fecha en el programa Encuentro para Generar Reencuentros, y con ésta la conclusión del evento conmemorativo de las diez generaciones egresadas de la licenciatura en Artes Escénicas con terminación en Actuación, “La tetralogía…”, en función única, cerraba el XV Foro Experimental del CENADAC. Por esta coincidencia presencié la primera un día anterior. gazpacho1

De aquellos seis de Berzek perviven cuatro bajo la misma dirección de Jean-Paul Carstensen: Carlos Casas Castillo con Catalino  ─no Jorge─, Abigail Contreras Favila con Circa, Oriana E. Martínez González con Mina, y Carlos Rocha con Pompeyo. Su mayor, e indudable embarnecimiento, está en la solvencia y desplegamiento de habilidades para el  desempeño. El mejor y más palpable ejemplo del crecimiento artístico lo vi en el bailable de Mina. Esaú Toscano  ─Honorosa─  se ha avecindado en la península yucateca muy cerca del caribe y Fabián López Arévalo no ha dejado rastro ni paradero.

En un espacio de diez metros cuadrados, aproximadamente, se alternaban, y mucho se encimaban, el escenario marino, con las debidas desorientadoras y obtusas órdenes de la Capitana Gazpacho secundada y asistida por su reorientador grumete Catalino; más o menos se le sobreponía la exquisitez del pretendido refinamiento europeizado y la ilusión amorosa juvenil, respectivamente,  de las hermanas Circa y Mina; la piramidación escénica la culminaba el hogar sadomasoquista de la exasperantemente sumisa y aguantadora Honorosa y el deliciosamente abusador Pompeyo. Parte del entretenimiento consistía en diferenciar el enredo de escenarios que se acentuaba cuando Mina intenta identificar su anhelado antihéroe en la persona de Catalino a quien transforma en el cinematográfico  Jorge a fuerza de apretones y estrujamientos querendones; cuando la capitana aspira y pretende los encantos y los sabores de Honorosa; cuando Pompeyo termina identificándose y coincidiendo con las preferencias gustativas de Circa, y empieza a desenmarañarse el enredo, entonces ocurre un horrible y absurdo estallamiento, a cuenta de una torpeza o una estupidez que deja el escenario tapizado por una pedacería existencial, aunque los cadáveres ahí quedan careciendo de espacio a dónde salir disparados. No era fácil seguir la llana sabiduría de tan enrevesados parlamentos, menos circunscritos a semejante apretujamiento. Mucha diversión estaba sustentada en las caracterizaciones y en cuánto los personajes parecían divertirse transitando-navegando en tanto sinsentido, tan lógico e irrefutablemente congruente pero irremediablemente irrealizable. De principio a fin parecían en una fiesta de disfraces donde éstos quedaban disminuidos por la capacidad y la astucia jolgórica de los celebrantes. Los disparates y los disparatados eran las estrellas. En qué consistían los disparates, poco importaba con tal de que lo fueran en las encarnaciones con que cobraban vida. Salíamos sin aprender a jugar a las canicas, sin tirar de uñita o de huesito, pero dispuestos a hacer fila para abordar El Farfullero.  Ante la oportunidad de comparar con la actual producción de Arteatral CUT, la de Berzek se antoja más fuertemente recargada en la caracterización caricaturizada. Ahora esta característica se ha quedado en Mina apoyando y reforzando su infantilismo-ingenuidad soñador(a).  gazpacho2

A lo largo de El Jacalón las tres vidas escénicas de la dramaturgia de Mancebo del Castillo tienen espacio propio, con diferentes lejanías, sobre todo las relaciones domésticas de Pompeyo y Honorosa, y más allá las filiales entre Circa y Mina, incluso diferenciadas mediante elevaciones.

La capitana y su grumete cuentan con altísimas alturas para empezar a derrochar su intrepidez, más perdidos en la oscuridad que en la lejanía del cielo-techo. Por fin se instalan en El Farfullero y empieza el surcamiento a todo trapo, llevados más por las aspiraciones que por el viento y las correcciones náuticas. José Manuel Velazco le da a la Gazpacho gran imperio de mando y resolución con presencia-talla y sonoridad vocal. La caracterización facial rima perfectamente con las anteriores cualidades. El acierto de esta asignación está rematado con la adopción del color rojo en vestuario y maquillaje. El contraste con Catalino los convierte en una dupla rotundamente dispareja. Con esta fuerza del  personaje la travesía inicia con un impulso que nunca pierde, aunque la intensidad del otro par de vidas resultan un tanto remansos. El prurito de Circa por la hora, sin el reforzamiento del lógico aparato que la marca, resulta un tanto insustancial, apenas una vez se asoma a la joya que pende de su cuello. Esta hermana mayor mucho sobrevive con las exageraciones gestuales de Abigail Contreras que hace mucho bordado con muy poco hilo. En cambio la ambición estrafalaria de Mina se ve más objetuada: de la ficción dimensional a la corporizada muy bien concretiza su fantasía. Solo reclamaría el exacto énfasis de ese monumento a la ternura que es su último parlamento enamorado, cuando Jorge la abandona montada en su ilusión: “Regresa, Jorge, vuélvete por mí... regresa.” (La adaptación de La Gaviota Teatro es antológica: “Jorge, te me olvidaste.”) Este Pompeyo-Honorosa lleva en su contra el empacho cómico que me han dejado Carlos Rocha-Esaú Toscano; Memo Gutiérrez-Brenda Santiago dirigidos por Guillermo Smythe; y Fernando Vázquez-Lis Pérez dirigidos por María Teresa Patlán Torres. Para adicionar a su tenuidad o palidez su vestuario es esencialmente monocromático y no contrastante a diferencia del par de parejas previas. En el combate entre Pompeyo y la capitana la intervención de Honorosa no pasa de la expectación. Fuera del tono fársico mejor aparece Honorosa románticamente cortejada y en los brazos de la Gazpacho y ya cautiva en El Farfullero. En la búsqueda de fuego para su estallamiento vuelve a faltar la exasperada fársica comicidad.

Tras la marabúntica batahola, la civilidad de compartir la mesa tomando te, quién sabe si la las cinco en punto, resulta exactamente absurdo. En Querétaro, con y sin elefantes, la Capitana Gazpacho continúa jugando muy bien a las canicas pero más al teatro.                         

*De facto desaparecido durante la administración municipal de Marcos Aguilar Vega (2015-18) por falta de mantenimiento, y ganas de vender el inmueble donado por el médico Ignacio Mena R. exprofeso para su usufructo cultural en provecho de la sociedad queretana, razón que frustró las intenciones del político del Partido Acción Nacional. 

 

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