Examinación

Jueves, 27 de Diciembre de 2018 00:00 Oscar Salas ECLÉCTICA - El Espectador
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Examinación

Muy pocas veces la sorpresa es la falta de sorpresa en los exámenes de los estudiantes de la licenciatura en Actuación de la FBA-UAQ. Por esto procuro asistir a aquellos de los que logro enterarme. Alguna vez me invita sesgadamente algún docente. No recuerdo la invitación de ningún examinado, salvo del par cuya generación primeramente me mandó a taquilla. Ha sido una convención que un periodista no paga por entrar a trabajar. A pesar de mi aprecio y admiración por Coral Echeverría y Luz Zavala, y en general por esa generación, no volví a sus funciones de graduación. Me he impuesto no regresar a donde me dan con la puerta en la nariz. Esta vez, en el área de recepción (gulp, sic) de El Jacalón, me invitó una alumna del quinto semestre, a quien no conocía ni conozco. Me inspiró simpatía, sinceridad y sencillez. (Qué bien que con semejantes ojotes haya optado por la actuación, me dije.) Me informó que su examen sucedía en dos fechas con representaciones diferentes, cada una con dos horarios: medio día y nocturno. Lo habitual, por mi conocido, ha sido en cada caso una breve temporada, siempre menor a la de los de octavo semestre. Más llamativa la primera sorpresa de la invitación, aunque ambas más bien anecdóticas. Dado el semestre pregunté por la dirección de la maestra Pamela Jiménez Draguicevic, siempre me han parecido muy acertadas sus puestas en escena. Me respondió que se trataba de montajes conducidos por la maestra Abigail Contreras Favila, recordé “Okies”, un precedente sonsacador. examinacion1

“Historia de una escalera”, de Antonio Buero Vallejo (Guadalajara, España; 29 de septiembrede 1916-Madrid; 28 de abril de 2000), es la convivencia más o menos ríspida, entrometida y sobrellevada con dejos de solidaridad entre cuatro familias hacinadas en un edificio, o inmueble, de departamentos. Su funcionalidad doméstica está truncada si nos apegamos a la tradicional estructuración nuclear: ninguna familia arranca de una pareja heterogénea, la autoridad o las disposiciones de orden salen de una figura femenina, la madre-ama-de-casa-administradora; nunca hay ninguna referencia de paternidad, ni siquiera el consabido abandono o ausencia por causas bélicas, persecución política o búsqueda de superación económica. Las estrecheces, incluyendo el hacinamiento, son un disparador constante de sus motivaciones y actuaciones, el balance y la compaginación de éstas es la esencia de la trama. Cada familia presenta una o dos características que las singulariza. De izquierda a derecha conocemos a la hija manipuladora de la madre empresaria a fin de satisfacer sus intenciones románticas: procurar la solvencia del vecino guapo empleándolo, facilitando el acercamiento amoroso. Ésta es la familia pudiente del cuarteto. En la esquina se encuentra la más fisgona, sospechosista  y rumorosa. De esta familia saldrá la gran vuelta de tuerca romántica de la trama por parte de una cuasi-Cenicienta. En la siguiente esquina está la más variopinta con cuatro integrantes femeninas, hermanas y madre. Entre las primeras una golfa-buenona, otra con aspiraciones del corte reality show  ─aunque este referente está fuera de la época denunciada con baladas de La Novia de México, no confundirla con la recién señalada como Suegra…─, y, sin duda el personaje de mayor hondura trascendental de esta puesta, la luchadora idealista e independiente con convicciones sociales de igualdad (y personal invitadora); la madre no sale muy bien parada con un rebaño que jala tan disparejo. La cuarta familia, no tan solo en el extremo físico de la primera, sino también anímico y económico, con la abnegada madre sufridora que malvive con la esclavizante costura remendona y además mantiene al hijo que combate la adversidad a punta de lamentaciones y aplicando perseverantemente la imaginación en una prosperidad profesional que deberá suceder por justicia a su brillantez y honestas aspiraciones. Él es el guapo que comparte humos y remembranzas de superación con la idealista. (Es una época cuyo vanguardismo comprendía a las jóvenes fumando cigarrillos codo a codo con los chicos en espacios públicos, pero con sigilo ante sus mayores. Escándalo y regaño a quien le encontraban una cajetilla, incluso masticando el chiclote para ocultar la nicotina en el aliento.)  La corporalidad anciana está dada con acierto sobresaliente por la intérprete, pero más el recurso de la tartamudez. Habría que haber advertido previamente, e indebidamente fuera del foro, que el español no es su primera lengua. Por supuesto que podía haber incorporado su leve acento eslavo al personaje, pero con el tartajeo mucho aportó a la construcción del personaje. examinacion2

En el subir y bajar de la escalera se da el encuentro propiciado e inevitable de los once habitantes y un visitante, el cobrador de la luz. Aquí es donde el chico guapo logra acercársele a la chica apocada que regresa de un mandado, entre sus menesteres irrelevantes, para declararle su especial aprecio y solicitarle correspondencia. Los desengaños, las desilusiones y la incredulidad invaden el ánimo comunitario.

Hasta ahí la historia dramática de esta dichosa escalera. Pero la gran sorpresa provino del trazo escénico. Apenas con ella pintada en el piso, representada con unas rayas paralelas equidistantes, la directora Abigail Contreras le inventó un segundo nivel a El Jacalón; proporcionalmente es una economía millonaria de producción. Esta invención es complementada con la orientación conversacional de los intérpretes, simulando hablar hacia arriba y hacia abajo, según la ubicación que les correspondiera. La simulación de los pasos de ascenso y descenso no fueron del todo afortunados, quizá incluso por la brevedad de los escalones, además de la mecánica corporal propicia. Si el realismo en un segmento clasemediero medio en un México del altiplano de los años 60 fue el parámetro de evaluación, seguramente habrá muy buenos alumnos del sexto semestre de la licenciatura en Actuación. Sin pasar por alto que la narración generacional y la hondura del contexto social de una época y de un bando en una geografía específicas planteadas por el ganador del Premio Cervantes 1986 quedó aparcada. Muy antojable, incluso reclamable el montaje de este dramaturgo español. examinacion3

La lógica y la racionalidad suelen empantanarme en una rigidez que me impide disfrutar y discernir el teatro del absurdo. Quizá mis acercamientos iniciales a esta forma creativa a través de Jean Genet y Eugène Ionesco no fueron los idóneos para un ignorante. Con esta aprensión y prevención celebro “Pic-nic”, de Fernando Arrabal Terán (Melilla, España; 11 de agosto de 1932), la segunda pieza montada por la maestra Contreras para examinación de los alumnos del quinto semestre de la licenciatura en Actuación de la FBA-UAQ. El divertimiento es constante precisamente a punta de situaciones contradictorias difícilmente contradecibles simplemente mediante la lógica. ¿Por qué en un campo de batalla deberían enfrentarse nada más soldados? Aquí aparecen soldadas, sin que su género explique y/o justifique su miedo, su susto, su torpeza y falta de ánimo y tino destructivos; tan supuestamente obvio y propio de los profesionales de los balazos. Cuesta muy poco recordar al comediante Gila preguntando telefónicamente: «¿Está el enemigo? Que se ponga.» examinacion4

El absurdo crece casi propiamente hasta la carcajada con el picnic: llega una pareja muy mona y primaveral puesta a disfrutar de la campiña, las viandas, la música y el baile. Ésta, conforme a las convenciones, es un tanto dispareja: él, proporcionalmente, es un alfeñique, ella es de gran talla, rozagante y llena de vida. Su veraniego vestido sin mangas, rojo bandera, está estampado con breves temas en blanco. Las cuñas de sus alpargatas amarradas a los tobillos son de corcho. Protege su nacarado cutis con un sombrero de palma y anchísima ala. Enmarca su sonrosada faz un parasol de encaje de bolillos. El traje oscuro de él rima con el mostacho que subraya su embravuconamiento a la menor provocación o nimia causa. Descubierta la cabeza, aguzando la mirada, cae uno en la cuenta de que la doña es Isaac Ríos Trejo  ─¡sin amaneramientos ni aprovechamientos mariconeros!─. No es posible desahogar el desternillamiento: el picnic es el pretexto de papá y mamá para visitar y procurar a su hija en batalla, aliviar y atemperar sus penurias bélicas, por ejemplo con bocadillos que merezcan tal denominación. Incluso alegrarle el momento con música y baile, para esto han cargado con tocadiscos y vinilos de 33⅓ revoluciones por minuto. Entre bocado y bocado ocurre la captura de una enemiga. No le escamotean el convite, despojándola de las incómodas amarraduras. 

Los bombazos echan a perder la conviabilidad. Un par de camilleras recogen a los contertulios, convertidos en pila de cadáveres rematada por el osito de peluche de una combatiente. ¡Por fin un absurdo discernible al que no le gana la partida la realidad, y ésta sale muy bien pitorreada! 

 

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