Los escurridizos

Jueves, 17 de Enero de 2019 00:00 Oscar Salas ECLÉCTICA - El Espectador
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Los escurridizos

La programación teatral del 5º Encuentro Transdisciplinario Imaginartes presentado del 10 al 16 de diciembre en su espacio sede del foro del Museo de la Ciudad de Querétaro, poco me sedujo ya conocía las muy meritorias puestas en escena de “Hikari” por el grupo Barón Negro, “La casa de Bernarda Alba” por los Cómicos de la Legua, “The Rocky horror show” por Zpora Teatro─  pues presentó únicamente dos estrenos, además marcadamente destinado al público infantil. La abierta intención didáctica y formativa en cuanto a ‘la buena conducta’ de estos trabajos me anima a rehuirlos. Opino que cualquier enseñanza y aprendizaje derivable del teatro ha de suceder por libre albedrío y entendimiento del espectador, con toda la diversidad de sus prejuicios, al margen de ninguna pretensión instructiva o embozado o no propósito inductivo. bandido1

Tal fue el caso de “La divina garza enjabonada” y “El bandido escurridizo”. La primera, con aquello del jabón, queda avisado por dónde va la tirada del guión, la segunda, valga la paradoja, tras la rotunda y amable invitación de la promotora Anayansi Bañuelos Ledesma, no supe escurrir la asistencia pues remachó la insistencia argumentando la participación de la actriz Mariela León, en ese momento presente y quien mucho con su trabajo me convence, desde la primera vez que la vi como ‘la mujer-radio’ en “La fe de los cerdos”, de Hugo Abraham Wirth Nava, puesta por Alexandro Fuentes, pitorreándose de la publicidad comercial. La manufactura escénica es impecable, digamos que marca Imaginartes: cualquier posible carencia material está incorporada al suceder escénico, plagado de elementos cameladores de infantes, empatadores y provocadores de imaginería y fantasía. Es más, ésta alcanza status de normalidad y cotidianidad. La construcción estrafalaria de los tres personajes mucho anula el género sin aparentes confusiones, es decir, las actrices  M. León y Elvis Magaña─  tan solo por sus expresiones faciales no dejan de ser mujeres.  La ‘mujer’ de mayor talla no logra disimular finalmente la cuadratura de su mandíbula, aunque la cara blanca y la frondosísima peluca mucho prolonga la identificación del actor Carlos Vera. Parecen construidos desde una inspiración bufonesca, clownesca y de Simbad el marino. El lucimiento cromático pronto abraza y avasalla. Hay un cierto acicalamiento-ordenamiento en las pelucas de rafia para no verlas exactamente como desmesuradas aljofifas. La uniformidad de los elegantes botines le da al trío contrastante seria unidad. También aparecen los enmascaramientos fantásticos con narices torcidas. Esta algarabía de personalidades está ruidosamente complementada con un teclado de madera tipo xilófono, una guitarrita más o menos huapanguera y un cajón que también sirve de banquito a la señora de gran grupa. Un momento plástico entre sorprendente y simpático sucede cuando se disponen a almorzar. El tono alegre y juguetón no deja de transitar la trama que incluye la musicalidad multinstrumental por parte de un ejecutante vestido, muy diferenciadamente, con manta y huaraches, y sin peluca, aunque alguien podría dudarlo. Dada la intención didáctica en favor de la higiene mediante el uso de agua y jabón, el antagonista es el riesgo de la enfermedad representado por un microbio, cuya peligrosidad está subrayada por su enorme tamaño, aunque de simpática presencia. ¿Por qué verde? Pues algún color habría de tener para ser visible. bandido2

El engaño ilusionista, que supongo una misión teatral, es echado a perder con el esquema ‘salón-de-clases’ que se adopta para un ‘foro post obra’ impuesto por los dueños de la propuesta didáctica con preguntas por ellos estipuladas para evaluar el aprendizaje y/o la atención de los pequeños espectadores. Quizá una ronda infantil conducida por profesionales de la pedagogía sería más acertada que semejante pegote posteatral. Pero si el propósito de “El bandido escurridizo” no está en el programa del proceso enseñanza-aprendizaje que este montaje reafirmaría y respaldaría, el trabajo teatral no remendará semejante fallo. Más quedará en un alegre y contagioso entretenimiento. 

Quizá otro fallo, en extremo subrepticio y subjetivo, es manejar, como lo entendí, en la sinonimia los sustantivos: bandido, delincuente y villano, sobre todo teniendo en cuenta la insipiencia gramatical del público escogido. Precisamente por tal condición estará en el entorno, más que en la formalidad escolar  sin consulta de diccionario ni tumbaburros digital, la definición que tendrán tales nombres. Por ejemplo: BANDIDO, la persona que roba, que se adueña de aquello que no es suyo; ¡pero además!, con la prohibición del 7o mandamiento, con la condenación de Dios. DELINCUENTE, la persona que daña algo o a alguien con una acción prohibida por la ley. VILLANO, alguien que hace maldades, enemigo de los buenos como lo son el Lobo Feroz, el Capitán Garfio, el Grinch, el coco, el robachicos, etcétera. Me parece palmario que pasamos de la claridad irrebatible a la vaguedad manipulable. Esta situación la veo trascendental no por un ocioso apego a la normatividad, así sea la léxica, sino porque es en y con la vaguedad con qué  y donde mejor se desempeña y prospera el demagogo, el manipulador. Bien recuerdo a la joven abogada que me preguntó: ¿Cuánto necesitas que sumen dos más dos? ¿Así, o apunto el nombre del presidente municipal de reciente memoria? . 

 

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