Atrapados en el misterio de la trama

Jueves, 24 de Enero de 2019 00:00 Oscar Salas ECLÉCTICA - El Espectador
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Atrapados en el misterio de la trama

El mal tiempo es bueno para la creación literaria, gracias a él nació “Frankenstein, o el moderno Prometeo”, de la literata inglesa Mary Shelley,  “Clemencia”, del novelista mexicano Ignacio Manuel Altamirano, y ocho personajes se encuentran atrapados en un misterio criminal creado por la novelista y dramaturga inglesa Agatha Christie con el título de “The mousetrap”. Nunca sabemos por qué estaríamos ante una ratonera, pues no vemos ningún señuelo o carnada para engatusar a Christopher Wren, a la juez jubilada Boyle, al militar en retiro Metcalf, a la señorita Casewell, y al señor Paravicini hacia la hospedería Monkswell Manor de los posaderos debutantes Mollie y Giles Ralston (Kathia Monserrat García Márquez y Rogelio Alfredo López Salas). Esta interrogante detectivesca queda para el eterno reforzamiento del misterio, pues la autora desapareció el 12 de enero de 1976. mouse1

Lo importante para la trama es la condición de atrapados de los siete personajes. Más de sesenta años en la cartelera mundial confirman esta relevancia indispensable. Para el entretenimiento lo son las peculiaridades en la personalidad de cada huésped. Que cuando bien logradas incrementan el esparcimiento mediante la contrastación dentro del conjunto. Consecuentemente se advierten dos demandas o exigencias para la dirección: el desarrollo de individualidades y el equilibrio que prevenga la predominancia de ninguna. El protagonismo lo lleva el misterio y el progreso de su dilucidación, y en este proceso provocar la confrontación de los personajes. Mediante este enfrentamiento seleccionaremos a ‘nuestro culpable’. Quienes ya lo conocemos atendemos con mayor interés cada personaje, y en la puesta en escena de Arteatral a cargo de Gemma Sarai Sánchez Granados es muy difícil o imposible decidirnos por un favorito. Decisión que descansa mucho en el ánimo propio del momento. En el plano cómico, el más fácil de disfrutar, resultan muy gozables Christopher Wren (José Eduardo Aguilera Lepe) y el Señor Paravicini (Samaria del Rosario Granados de los Santos). No se entiende, pero no se cuestiona, por antojarse irrelevante, por qué una mujer interpreta a este último. Sin embargo, como no dejamos de apreciar a una actriz detrás de tremendo mostacho indefinido en patilla-barba, la gordura no deja de sugerir embarazo. Por cuestiones de género, el blanquísimo atuendo remite fácilmente a una enfermera. No obstante estos despistes, la gracia de la impertinencia y locuacidad, así como el pertinaz señalamiento de su pianístico índice izquierdo redundan en una simpatía que captura agradablemente la atención. ¿Por qué su pingüinesco andar? Qué importa, resulta chistoso y no contradice al personaje, lo reafirma. Christopher exaspera mediante la medianía o la indefinición-confusión: un adulto estancado en la infancia, una criatura que coquetea con instalarse en la adultez; demanda seriedad o formalidad hacia su persona y se mofa de sí mismo, particularmente de su ingobernable cabellera; juega al cortejo más para mortificar y sublevar los celos del posadero, escudándose en el infantilismo para enfrentar el reclamo e interposición del mortificado. Es escurridizo, inatrapable, enjabonado y con esta habilidad-cualidad reclama la atención del espectador por si resultara un ‘mátalas-callando’, un tontito pervertidón divertido complicando la complejidad del misterio con más suposiciones o sospechas criminales. Sin crimen ni misterio mediante la señorita Casewell (Catalina Vega González) resulta inquietante con su ánimo taimado, enredador, gozosa en la expectación de los apremios ajenos. Más o menos nacida y creada en esta trama para la antipatía, al igual que la señora Boyle (Cinthia Lorena Ovalle Alvarado) con su chocantería de no darse por satisfecha con ninguna atención. ¿Cómo es que muere marcando el término de la primera parte de la obra? Otra pregunta para la eternidad, o para que quien ejerza la dirección le dé más vuelo al misterio y el enredo. Porque otro asesinato es el disparador del misterio que solo conocemos por una voz radiofónica al inicio de la escenificación; los importantes son los huéspedes como sospechosos de ese crimen, no obstante que la antigua juez dictó decisiones que afectaron a quienes después fueron transformados en víctimas, es más, alguna estará viva pero con paradero ignorado, como finalmente resulta ser el caso de la posadera.    mouse2

Este enredo misterioso en el teatro Esperanza Cabrera funciona tan bien que aparecen irrelevantes las ‘dispensas’ a la ambientación inglesa: la traducción de la primera palabra del nombre de la posada es innecesario pues no trasciende; podría no aparecer la placa desde el principio de la representación sin ninguna consecuencia. Dados los recursos gráficos computarizados disponibles actualmente, la apariencia de un periódico inglés se antoja muy factible, en lugar de la muy identificable publicación universitaria local. Por otra parte, la gabardina negra bastante construye la personalidad detectivesca  del sargento Trotter (Andrés Esquivel Romero), entonces ¿qué caso tiene subirse el cuello para interrogar a la señorita Casewell? ¿Acaso es más investigador con el cuello levantado? Descompuso la figura y mucho demoró, casi anunció, el sacar la amenazante pistola. Dado el ocultamiento de la gabardina, bien podría traer el arma más a la mano. Estos, quizá, solo fueron detalles de la función del sábado 19 de enero. 

 

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