Síganlos los buenos

Jueves, 14 de Febrero de 2019 00:00 Oscar Salas ECLÉCTICA - El Espectador
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Síganlos los buenos

Para el jueves 7 de febrero Lupita Pizano me obsequió y apartó el lugar E-10 en el patio de sillas del Mesón de los Cómicos de la Legua para presenciar “El dragón”, de Yevgeny Schwartz, con la codirección de Pizano y Víctor E. Sasia Farías. A la postre resultó quizá el sitio más idóneo en una disposición escénica de arena, cuando la habitual es la italiana en esta casona obsequiada por el gobernador queretano Mariano Palacios Alcocer (1985-91) a la troupe universitaria decana en Latinoamérica, con casi sesenta años de recorrer la legua allende fronteras y mares. Casi ningún momento me resultó de espaldas, o por lo menos muy pocos. En las fechas de estreno una semana anterior las localidades estuvieron agotadas. El aprovechamiento longitudinal del espacio es casi total alcanzando incluso el segundo nivel mediante una larga rampa-escalera: se antoja un tanto imponente. El piso está muy sucio, como si se hubiera almacenado carbón. Hay cucarachas, maté una próxima a mi zapato, otras hicieron lejanos recorridos. ¿Será necesaria tal suciedad?dragon1

Pues sí, los aldeanos son unos infelices sojuzgados y empobrecidos por el mal-gobierno de la abusiva y demagoga alcaldesa y su engreído y ventajoso secretario-hijo. Por si una desgracia les faltara, un invencible y devorador dragón les procura hambruna y zozobra con la exigencia adicional periódica de poseer a la damisela más tierna, brillante y mejor dotada de belleza y encantos. Me sobreviene una mezcolanza de recuerdos referenciales: los buenos dotados de nobleza y bondad pero generalmente débiles y nada aguerridos acosados, intimidados y torturados por los malos malencarados, engañadores, hipócritas, desvergonzados y feos o contrahechos en los telecuentos de Cachirulo; la Esfinge que tanto aflige a los tebanos vencida por Edipo; y el terrible señor comendador en “Fuenteovejuna”. La última que había visto a Karla Paola Díaz era perro, ahora es gato y toca el ukulele; su impecable dicción funciona muy bien en el canto. Aparece el dragón con ímpetus de acosador (que ejerce el bulling), de poco mérito dada la enorme talla, aunque destila degustada vileza. La amenaza y advertencia del mal es reforzada por la segunda cabeza del dragón, encarnada por Lupita Pizano, advierto las lentillas cosméticas en su diabólica mirada, los fierros correctivos en los dientes refuerzan su ferocidad, sus aproximaciones a los intimidados y el tono de su voz proyectan cuan maldito es el dragón. Su acerado vestuario es de un diseño peculiarmente llamativo, un tanto fantástico o fantasioso. El defensor de la doncella sentenciada, cual caballero andante a lo Robin Hood o Ivanhoe, reta al dragón. La tercera cabeza del monstruo lo menosprecia advirtiéndole la inútil y mortal paliza que le atizará de continuar su insensata osadía. Lancelot se sostiene desafiante. El combate, casi cósmico, hace recordar las películas chinas “El tigre y el dragón”, “La espada del dragón” y “El rey Mono, rebelión en el cielo”. No vemos que crucen espadazos, manazos, codazos ni patadas pero el combate es estruendoso. El noble chico bueno queda peor que perro de pelea, un guiñapo es más guapo y galante; sobreviene el intermedio, pero no todo está perdido.dragon2

A lo largo de la trama también conocemos al infeliz populacho que parece salido de los carboncillos del zaragozano Francisco de Goya y Lucientes (1746-1828), no falta la rebeldía encarnada por una chiquilla enjundiosa, contenida constantemente por su madre, convencida o advertida de la inutilidad de la lucha. La belleza y la elegancia de la alcaldesa deslumbra tanto como la malévola manipulación y tomadura de pelo que propina a los gobernados. Su achichincle, con cargo administrativo, impone engañosa y supuesta seducción a la codiciada damisela en contubernio y complacencia de su patrona y madre. La doncella culmina su negación abofeteando al impositivo seductor. La alcaldesa pierde la complicidad y el respaldo de su segundo de abordo con las esperables consecuencias por parte del envalentonado y embravecido pueblo conocedor de la muerte, o por lo menos desaparición del dragón. Lancelot vuelve a la escena mejor y más rehabilitado que el Cid Campeador antes de la batalla que lo introdujo en la gloria de la eternidad, le declara la sinceridad de su apasionado amor a Elsa, ésta lo toma agraciada y emocionada, reluciendo la felicidad y la justicia en todos los rincones del Mesón de los Cómicos de la Legua. 

La selección musical compaginada con el diseño escenográfico, tras la tercera llamada cumplen con el reclamo y la fijación de la atención de los espectadores: una muy tenue, pero inconfundible silueta femenina y el canto de “Pequeña”, de Mercedes Sosa, hacen el encanto de la seducción escénica. Al final, en el punto de mayor concentración visual, el canto coral, entusiasta, de una adaptación de la canción “A qué le tiras cuando sueñas mexicano”, de Chava Flores (1920-87; Cronista Cantor de la Ciudad de México), invitan al abandono de la indolencia, la apatía, la abulia del derrotismo.  dragon3

Humor, casi sin querer queriendo, tiene sabor a burla y ridiculización de la alta jerarquía de la autoridad con la incapacidad de la alcaldesa para subir la escalera sino peor que gateando, sin la gracia de una criatura, por la estrechez de los elegantes vestidos. También sería una burla de la elegancia: cuan estorbosas y condicionantes resultan las apariencias. 

No entiendo cómo una puesta en escena tan para público infantil tiene un horario tan adulto (21:00 horas). Lancelot como luchador y rescatador tiene más ganas e ímpetu que recursos personales para el combate, y pasa un irrisorio momento en detrimento de su indispensable gallardía con semejante yelmo nacido para la bufonería del montaje de “Los pelópidas”, donde Argenis Miles choteaba a un posible soldado griego con ese casco de futbol americano cuyo penacho-cepillo de aseo suscitaba las risas que escuché para Lancelot. Precisamente una presencia y prestancia como la de aquel heleno que jugaba al balero mientras cortejaba, le habría venido mejor al romántico héroe que a punta de inconmensurable coraje, según las exclamaciones del pueblo que contempla la bóveda cósmica, venció al nefasto Dragón para obtener la recompensa del amor

 

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