Verdadero disparate

Jueves, 04 de Abril de 2019 00:00 Oscar Salas ECLÉCTICA - El Espectador
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Verdadero disparate

No recuerdo que el abuelo le disparara a nadie en el teatrino del mesón de los Cómicos de la Legua, aunque tenía el índice aferrado al gatillo de su inseparable escopeta determinado a perforar a Karol en cuanto lo tuviera a tiro. Según va el decir de las narraciones bélicas y de la cacería. Claro que primeramente el personaje del dramaturgo polaco Slawomir Mroze deberá resolver dos impedimentos: abandonar su condición de topo, y no se trata del heroico rescatista de víctimas atrapadas en derrumbes, sino de contar, para su misión de vida, con el elemental sentido de la vista; es dudoso que el abuelo distinga siquiera la luz del día de la oscuridad de la noche. Segundo: contar con los rasgos mínimos definitorios de tal Karol, es decir, no tan solo nunca lo ha visto, sino que no lo conoce, no sabe quién es. Pero esta situación no es excepcional, también fue la de sus ancestros: padre y abuelo, sin cejar en su misión de dispararle a Karol. Su hijo, ahora lazarillo, lo sustituirá en el encargo generacional. karol1

Si hasta aquí el espectador no ha derivado una mínima respuesta a la interrogante ¿qué es el teatro del absurdo? Pues despreocúpese y olvídese de contar con una. Mientras el abuelo persigue y prosigue en la consecución de la vista sin dejar de apuntar e intimidar, para eso está en la trama el optometrista, quien no atina a deshacerse de tan irresoluble caso debido a una insuperable carencia, por lo menos en lo inmediato. En el examen de la agudeza de la vista el abuelo no distingue la o ni por lo redondo, pero por deficiencia formativa: nunca ha ido a ninguna escuela, es analfabeta. Pero la localización de esta carencia provoca la furia del nieto quien la toma por abuso clasista humillante para el abuelo. Llevado por la ira y la inconformidad contra el especialista le arrebata sus espejuelos: la ceguera cambia de personaje.  Mejor que en ningún otro momento el abuelo por fin puede apuntar con total certeza. El optometrista naufraga en las tinieblas sin poder prevenir ni evitar cualquier fatalidad. Entra un paciente y no pasa del umbral, pues sin mediar palabra, es recibido como Karol por el rústico dúo apostado en la entrada del consultorio. Los victimarios se retiran satisfechos tratando a la desconocida víctima como despreciable piltrafa que en vida les hubiera infligido irrecuperables perjuicios. El optometrista recibe una llamada telefónica, Karol pide una cita.

Dos contrastes son fundamentales en el humor a través del alrevesamiento de una cotidianidad: la educada y lógica corrección del optometrista confrontada con la trasgresora rusticidad de la pareja abuelo-nieto. El primero intenta la conciliación de las circunstancias desde su educación y formación, resultando fuertemente amenazado y agredido, los segundos desde su rupestre barbarie solo conciben la satisfacción de sus necesidades y propósitos mediante la amenaza, la fuerza y la imposición violenta. Las gestualidades y corporalidades dadas por Mauricio Figueroa y Esteban Monroy a sus respectivos personajes son muy acertadamente consecuentes con estas características y circunstancias. El refinamiento enfrentado a su ausencia en pos de una destrucción fanática; sí es absurdo, pero no es acaso la cotidianeidad ¿qué más absurdo? karol2

El domingo inmediato, 31 de marzo, otra cotidianeidad con otro absurdo: el espanto con la creación de los propios miedos, trivializadas las circunstancias instalándolas en la lúdica imaginería infantil. El título nos da un pertinente aviso: “Chau señor Miedo”, de María Inés Falconi. La puerilidad en el manejo del español, así sea desde Argentina, ya denuncia o avisa de un contexto, y, no sin esfuerzo y dotación informativa, de una geografía. Está castellanizado el saludo italiano —ciao—, ¿dónde priva la influencia italiana, incluso de manera identitaria, sin prevalencia de tal lengua? ¿En qué etapa de la vida más se antropoformiza cualquier producto de la imaginación propiciando su conviabilidad? No es una exageración sostener el consustancial miedo nocturno a los ruidos fuera del tiempo y lugar establecidos como habituales; cómo lo transcurren un par de chavalas hermanas, una despreocupada y la otra aprensiva quizá hayamos conocido ene versiones. Entonces qué ofrece la puesta en escena de Jésica Ramos. Pues la muy verosímil gracia y simpatía de Moni Suárez Valencia como Carla, la resoluta e imaginativa hermana mayor y Kary Vega como Graciela, la más chiquita, muy chantajista por esta condición para buscar mimos y protección. En mexicano diríamos: ser chiquiada  —ojalá y no resulte una locución meramente veracruzana—. Bien por carácter, Carla funciona atinadamente como la mayor, aunque sin serlo de cualquier manera ejercería ascendencia. En contraste y por talla a Graciela le correspondería la osadía y el carácter para plantar cara al desafío de lo desconocido. Este trasvase de contrastes refuerza la agradable recreación infantil. Carla y Graciela caen en la cuentan de la creación de sus propios monstruos y miedos, entonces concluyen que con igual iniciativa pueden decir y cantar “Chau señor Miedo”. 

Para los adultos esta puesta en escena copresentada por el colectivo Entre dos y medio y Arteatral, CUT  en el auditorio Esperanza Cabrera será seguramente inevitable la remembranza de la propia infancia o la de aquellos pequeños a quienes hayan acompañado en su crecimiento. A no dudar que para los espectadorcitos/as será una empática provocación lúdica, si bien Ramos, Valencia y Vega no juegan al teatro, sino que esta vez hacen teatro jugando.

 

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