Amantes atarantados

Jueves, 16 de Mayo de 2019 00:00 Oscar Salas ECLÉCTICA - El Espectador
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Amantes atarantados

¿Cómo se llamó la obra? No sé, pero el anterior “Corazón de pollo” del Teatro Clandestino mucho me convenció para disponerme y exponerme a una nueva experiencia. La ortografía de su título, quizá una interjección cuya pronunciación no discierno, lo paso por alto, pues además la actriz Rubi Cervantes y el teatrero de múltiples facetas Pedro González Ramírez están haciendo una pareja escénica muy solvente y eficaz. Mucho influyó en mi asistencia a conocer “Ho Oponopono, o el secreto de dos amantes que lograron amarse” el que el Corral de Comedias de la familia Rabell me quede a tiro de piedra en la calle de Venustiano Carranza en el Centro Histórico de Querétaro, en cambio el Teatro G, en El Pueblito, Corregidora, a tiro de bala de cañón, o sea, está ídem llegar hasta allá con Querétaro tan apanchado estructuralmente, tan solo a lo largo de Constituyentes. oponopo1

Dada la trama tal nombre podría ser uno de esos vocablos que las parejas se inventan para entenderse sin que nadie sepamos qué se dicen aunque los oigamos hablarse. En esta obra escrita y dirigida, supongo, pues no hay programa de mano, y actuada por Pedro González Ramírez, una pareja se vuelve a ver empujada por una formalidad administrativa: la concreción de su divorcio, excusa encubridora, casi cuartada. Es decir, no es un reencuentro. El lugar lo ha determinado o seleccionado Francisco. Duda, se angustia ante el aparente retraso, por la posible inasistencia de Gloria. Por fin llega. Si no con la espada desenvainada, sí tiesa como tal, más o menos ‘de-uñas’. Más o menos insensible, con la dosis de tolerancia o resistencia necesaria para no violentarse. Paco intenta hacer de la ocasión un reencuentro, aunque sea por ese momento, para ello escogió ‘su parque’, donde se conocieron siete años atrás. Gloria toma nota del detalle. Él es un perdedor, medroso, dubitativo, sin arrestos para grandes intentos, incompetente con los pequeños; —un mantenido—, pero su nulidad más reprochable es su incompetencia —no impotencia— como amante. Ella es una triunfadora: brillante, exitosa, solvente, decidida, deseosa de ensartar cual mariposa al imbécil que consagró la idea de que a una mujer no se le toca ni con el pétalo de una rosa. Repudia tan infame sacralización, reclama enfáticamente la satisfacción y el placer de que ‘le-maten-la-cucaracha’. oponopo2

Así transcurre, a la manera de una pareja, o dos personas que lo fueron, en el diván psicoanalítico, una comedia de nombre impronunciable, menos memorable, con provocaciones a la reflexión, según el reflejo que cada quien vea en el espejo puesto cada jueves de mayo en el Corral de Comedias. En el recuento de la vida de la pareja como concepto están las naturalmente próximas, por ejemplo, las recíprocamente ascendentes, tan explicativas, para bien y para mal, de los respectivos vicios y expectativas, entre éstas la procreación frustrada: ¿premeditadamente?, ¿a quién adjudicable? Son citados los contemporáneos de los ancestros cuyos hogares nunca lo fueron, sin saberlo hasta el final de la vida, frente al nido vacío que nunca lo fue porque han sido un par de desconocidos bajo el mismo techo y en el mismo lecho. Hay reproches o señalamientos que cual verdaderas dagas cortan la lengua de quien los pronuncia, o así se quisiera una vez dichos, con enajenado arrebato, aún antes de constatar su previsible impacto devastador. También hay un repaso de los momentos gratos y de cualidades apreciadas y gozadas recíprocamente, incluso tan solo con la admiración como reafirmación del otro/a constitutivos de la comunión que construye la pareja, cada una en su exclusividad. oponopo3

Singulariza esta comedia las salidas de Rubi Cervantes y Pedro González de los personajes para compartir y proponer, como observadores de Gloria y Paco, cuestionamientos y reflexiones acerca de la trama desarrollada e interpretada. Hay un dejo admonitorio cuyo posible riesgo de aleccionamiento es superado con una reconciliación un tanto previsible tras el prolongado limamiento de posturas y suposiciones pasadas y presentes.

Tras la calidad emocional y racional del estira-y-afloja, del toma-y-daca resulta muy antojable, como suceso escénico, un final abierto, indefinido, nada que insinúe reconciliación o el trillado: démonos otra oportunidad. Quizá sería más congruente con la invitación al cuestionamiento y la valoración de quiénes somos y dónde estamos. Con el final cerrado en tono conciliatorio la respuesta a esta invitación se aprecia inducida. A oscuras escuchar los pasos de Gloria, por los tacones, no vemos con cara y ánimo se retira; ¿se retira sola? El espaciamiento de los pasos algo nos diría… (Veinticuatro horas después recordé “Tacones lejanos”, de Pedro Almodóvar.) Claro que la segunda parte del título de la obra resultaría traicionada, y en “Ho Oponopono”, tan cargada de sinceridad, no cabe la traición.

 

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