Dolores y dolencias

Jueves, 14 de Noviembre de 2019 00:00 Oscar Salas ECLÉCTICA - El Espectador
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Dolores y dolencias

Un sillazo en el piso, un ronco quejido, luces generales en el foro del Museo de la Ciudad de Querétaro. Juan Olvera Cordero, coreógrafo y bailarín, está sobre su costado izquierdo sin poder moverse. Una bailarina solicita el llamado de auxilio médico. La bailarina Daniela Camacho Trejo-Luna pide disculpas por la suspensión de la tercera y última función de la novena edición de “No estacionarse, danza en movimiento”; asustada, sudorosa y preocupada ofrece una reposición el miércoles 6 de noviembre de 2019, sexto aniversario luctuoso de la maestra emérita Guillermina Bravo Canales, fundadora del Colegio Nacional de Danza Contemporánea de donde egresaron ambos artistas en 1999 y 2000, respectivamente.

Casi presencié un accidente ---y espero nunca hacerlo--- porque solo escuché un golpe seguido de una exclamación dolida, antes de ver al bailarín caído arriba y a la izquierda del escenario. Pero sí he estado cerca de situaciones extremas, siempre en la danza y el ballet. Una joven compañía semiprofesional se presentaba en el teatro Ángela Peralta, en San Miguel Allende, una bailarina de los coros estaba afiebrada por resfrío, terminado el número de su intervención corrieron las cortinas, en el piso del escenario la enrollaron en una frazada, la cargaron al automóvil de la mamá ‘terror de la velocidad’ (Nadie le aceptaba aventón en carretera porque decían que tenía ‘la pata muy pesada’, que el velocímetro no lo bajaba de 120 km/hr ni para escupir.) para un regreso a Querétaro literalmente de volada. Cuando el Ballet Clásico de Querétaro agradeció los aplausos, el espacio de la ausente fue imperceptible y continuó con el programa.

La estudiante de danza contemporánea Natalia Reza estaba comisionada en el elenco de una coreografía interpretada por el Ballet Nacional de México y programada en el Auditorio Josefa Ortiz de Domínguez, tenía un tobillo lastimado, o se lastimó, casi ensayaba ‘de a cogito’ horas antes de la función vespertina, la conminaron a ausentarse, estaba más que excusada, se negó, la bolsota de hielo fue inútil, aceptó un remedio momentáneo, terminada la actuación, se corrió rápida e instantáneamente el telón, del piso la levantó el coreógrafo Jaime Blanc para llevarla al terapeuta. Los aplausos del público quizá se los platicaron en estado de reposo. Otro tobillo lastimado, de la bailarina Bárbara Alvarado, quien platicó su extrañeza a la pregunta del médico: ¿Qué prefieres: osito o almohada? Ante el azoro de la interrogada, sospechando malas intenciones, el especialista se explicó: para que lo muerdas, porque se te pueden estrellar los dientes, y entonces vas a tener otra dolencia. La fuerza maxilar no impidió el llanto.

José Luis Hernández, regisseur del repertorio de la maestra Guillermina Bravo, presentaba a análisis un dueto interpretado por los bailarines Héctor Dorantes y Enrique Guzmán, en el salón Martha Graham del CNDC. El tema homosexual era muy intenso, Héctor le dio un codazo a Enrique, se detuvieron cuando vieron sangre en el piso, éste se percató que chorreaba por la nariz, aquél intentó socorrerle y hondamente apenado pedía disculpas al compañero y al coreógrafo. No le conocí más historia a esta obra, por lo menos dentro del BNM, y fue una lástima por lo visto hasta el momento de la interrupción. dolores1

Menos precisas, o personalizadas, pero de más amplias y agudas consecuencias las dolencias señaladas en “Necrópolis cabaret” porque ‘muertos hay todo el año’, reza su lema que carece de exactitud, quizá a la manera del lenguaje judicial con el respeto al principio de inocencia, pues de los muertos que habla han sido objeto de homicidio, alguien, a esos nuevos bofes, decidió aniquilarlos por el mero gusto de la aniquilación, de la disposición del ser humano como materia de su descomposición psíquica y social, acaso meramente resentimiento y revanchismo por un padecimiento que no sabe definir o no tiene con qué resolver o sanar, o el remedio no está al alcance de su comprensión o solvencia.

Desde el arranque “Necrópolis cabaret”, que ahora ha hecho tres fechas en El sótano teatro: 7, 14 y 21 de noviembre, la lleva perdida a la zaga de la barbarie criminal reportada minuto a minuto en pantallas de diversas dimensiones. Su éxito mucho depende de la potencia y capacidad emocional y proyectiva de los intérpretes que definen y desarrollan sus propios monólogos; de la originalidad ---aunque tenga dejo sádico--- con que se aborde el homicidio seleccionado. En estos dos aspectos Martincito, desarrollado por Fabián Verdín, ha permanecido ‘vivo’ por más de año y medio, quizá por una jovial frescura, aunque sea un pestilente cadáver colgado de un puente. Empieza por sorprender con su aparición escénica inusitada, descontando el telón cabaretero del montaje de la obra; surge ’en el aire’, como todo colgado que se respete; aunque está muerto, contra su voluntad, más o menos no se victimiza, se ironiza a sí mismo y bromea con su padecer, se conduele y lamenta situaciones mundanas propias de vivos como la pérdida de sus botas, la incomodidad mecánica de la gruesa soga que en vida lo asfixió y ahora lo mantiene físicamente en vilo a tal altura que nadie le presta atención ni han desgañitándose al paso raudo de los vehículos. dolores2

Con una coincidencia de ánimo y perspectiva ha aparecido, como la víctima más reciente de este vergonzante e ignominioso reparto, una niñita violentada y violada de acuerdo con la encarnación que le da la actriz Martha Navarro sosteniendo sutilmente un enorme contraste, aunque pudiera ser paradójico, el candor infantil de Gabriela aun instalada en la infamia que poco distingue como tal dada la brevedad de su existencia, y sobre todo, lo más sobrecogedor, sin otro entorno de convivencia formativa. Cuesta mucho trabajo pasar saliva, contener las lágrimas, no sorber mocos.

En ascenso, descenso o estancamiento entre estos dos personajes transita otro par que aborda el fetichismo y el tráfico embaucador ---trácala--- de mujeres. Ratatá y Cuerveraz muy sanotas gozan de cabal salud, sobre todo con las dosis de apaciguamiento quita-iras que se aplica la segunda.

Entiendo que los actores son dueños de sus personajes, así me parece muy lamentable la desaparición de la chica trans trabajadora sexual, el homosexual que reclamaba la libertad y el respeto, familiar y social, para desarrollarse como mujer. Este personaje primero lo vi encarnado por el actor Ernesto Galán y después por el propio autor, Ramsés Martínez, ambas interpretaciones fueron muy convincentes y contundentes, muy propias de “Necrópolis cabaret”. Otro muy entrañable, de enorme originalidad, fue el descuartizado: las partes del cuerpo comentando la suerte que habían corrido hasta terminar embolsadas. Una brillantísima perla de humor negrísimo por parte de la muy descarada artista Carlota Bardullas.

Con este concepto artístico y escénico estos teatreros quizá le han puesto, o le están poniendo un cascabel al gato, ¿y ahora…?.

 

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