Una ácida sutileza crítica

Jueves, 21 de Noviembre de 2019 00:00 Oscar Salas ECLÉCTICA - El Espectador
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Una ácida sutileza crítica

Prescindible la definición o el significado del posible sustantivo ‘talgia’, dada su suscripción entre un artículo y un adjetivo, para bien recibir “La taglia nostra” por parte de la novel y debutante compañía artística Garito de los emulantes. Ni de Google ni del Dizionario Garzanti della lingua italiana derivé esclarecimiento alguno y ni falta hizo, pues la trama de Alejandro Íñiguez y su interpretación, dirigida por Fernando Rabell Mandujano y el autor, bien alcanzan y atrapan la atención e interés de los espectadores, esta vez en el teatro del Centro cultural La Gaviota, el jueves 14 de noviembre. La alusión a la nostalgia es palmaria. El tema no es novedoso: un reencuentro generacional animado por uno de los participantes en una palomilla juvenil nacida al calor y cotidianidad de los estudios preparativos para una especialización profesional u ocupación laboral. La organización o secuenciación de los cuatro cuadros, y sus calidades, hace irrelevante la debilidad confusa del segundo. En el primero conocemos a un joven matrimonio integrado por un compositor musical y un estilista de estética personal, aludido como peluquero por Pedro para infravalorar su ubicación profesional. El amaneramiento vocal característico del homosexual en Julio, probablemente no sea adoptado  parte de Rafael Colín. Ninguno de los dos integrantes de la pareja es afeminado, ninguno es aludido en sentido del género femenino, pero la procuración, sobre todo emocional, de Julio hacia Pedro indica que el primero ocuparía el rol de la habitual o acostumbrada esposa, también los reproches que hace por la minusvaloración de su ocupación, catalogada como oficio, consecuentemente su oficiante carecería de bagaje y riqueza cultural. Pero Julio aporta el sentido práctico en la pareja, cuestiona sin aceptar ambigüedades ni ambages; alienta e impulsa a su indeciso y dubitante marido. Pedro está atorado en lo que no tiene, en lo no ha alcanzado, y no ve perspectivas para alcanzarlo; omitiendo, como le señala Julio, poner atención en aquello que sí tiene: en un bar ejecuta el piano libremente con una remuneración confiable y previsible del que deriva estabilidad y solvencia despreocupante. Pero no logra la trascendencia mediante su creación compositiva, misma que por supuesto es ensalzada, convencida y sinceramente, por su marido, quien decide el color de camisa que mejor le va para la esperada reunión con los antiguos condiscípulos no vistos, ni buscados, después de una década, cuando cada quien tomó su camino o agarró rumbo. Pedro parte desconfiando en la asistencia de los demás.  taglia2

En el segundo cuadro Marina comparte la perspectiva  que le conocemos a Pedro: ver el vaso medio vacío y no medio lleno. Es una reconocida y premiada cineasta, pero su obra es muy poco conocida y menos acogida; no tiene los espacios consecuentes con sus galardones. La proyección de esta situación es un tanto confusa y endeble con el desplegamiento de una telaraña de estambre negro, con muy poca sustanciación alegórica a la invención del hilo negro, si fuera el caso. Es concebible por parte de los espectadores le existencia de hechos importantes, incluso trascendentes, poco conocidos y divulgados, frente a otros, quizá de peso no equiparable, sobreconocidos. Cómo sucede esto y/o por qué, sería interesante, pero no abordado por “La talgia nostra”. De ser lo contrario, resulta imperceptible. En este naufragio se antoja prescindible el personaje de Agustina tan solo trasgrediendo la cuarta pared. La continuidad de los parlamentos de Marina podría suceder sin las respuestas y observaciones de Agustina; hay suficiencia monologable en la cineasta. Quizá se presenta la recreación de un aula, por cierto un tanto infantil, pero no entendí su razón ni su propósito.

La parodia del autor mamón y engreído, en el tercer cuadro, está cínicamente sensacional y muy verosímil en cuanto a sinceridad y convencimiento escénico; dejo de lado la posible fidelidad a la realidad. La solidez pedante de Cecilio exuda jactancia, se repantinga en la fatuidad ad nauseam, animando una antipatía que soliviantaría la anárquica rebelión. La caricaturización de la vanidad y banalidad literaria se antoja antológica: una única obra de trivialidades ¡anticipadas y anunciadas! por el autor, encumbrada mediáticamente dándole una envoltura de premeditada insulsez. El autor se revuelve y recrea, con toda conciencia e intención, en la estulticia, a sabiendas de la aclamación vacua y gratuita, ¡y así sucede!  La mofa de tal ambiente cultural-comercial es total, impecable e implacable. (Una catártica mezcolanza-batidillo de Emilio Azcárraga Milmo, Enrique Krauze, Octavio Paz, Paco Ignacio Taibo II y Nicolás Alvarado.) Por su parte Jana, consciente de su participación panfletaria muy bien rebasada por la simulación aculturada, no resiste la subrepticia promoción comercial, terminando por exhibir las costuras de la farsa tanto de la aceptación masiva del autor invitado como del programa televisivo y la dichosa entrevista, que Cecilio mucho se empeña en exhibir como patraña y reventarla ridiculizando y zarandeando en contradicciones a la entrevistadora, quien muy penosamente no logra mantener las formas del formato-cartabón con el que no comulga ni se identifica. Malencubriendo las circunstancias con una gracia y una simpatía impostadas. Definitivamente el cuadro de mayor agudeza crítica en “La talgia nostra” de la cultura y sus participantes: emisores y receptores, lo mismo que su entorno.

La única exitosa obra, “La caja de risa”, resulta tema aparte dentro del encuentro, entrevista, de Cecilio con Jana “…entre ramas”, por cierto ninguna joya que enaltezca la intelectualidad, más bien, en su pobreza creativa, otra muestra del ánimo burlón del autor: ni siquiera es nombrado libro, sino caja, y de un tema nada serio, sino una risa, ¿de quién?: ¿del autor?, ¿los editores?, ¿los aludidos?, ¿los lectores?  taglia1

Finalmente ocurre desangeladamente el encuentro generacional, con forzadas preguntas que arriesgan intromisión tratando de entrever la historia no compartida durante una década, con la incomodidad de coincidir en un tema o punto a compartir. El moroso arribo de Cecilio es magnánimo, condescendiente con sus antiguos condiscípulos. Sale a relucir el libro éxito de ventas; Marina le reclama y reprocha la exhibición y ridiculización de aquella camaradería juvenil. Cecilio desvía y elude el tema de “La caja de risa”; interroga a su interlocutora sobre posibles temas femeninos. Con ánimo incriminatorio la aludida confiesa una maternidad decana, Cecilio acusa la incriminación y reclama la oportuna notificación a fin de asumir, medianamente, la debida responsabilidad; no resiste la doble diatriba y se retira. Marina confía divertida a Pedro la mentira con que desenmascaró a Cecilio, además de deshacerse de él en la ocasión que los ocupa. La doble vuelta de tuerca, con la existencia de la maternidad y su posterior negación, en ambas ocasiones para engañar y sorprender a varones, resulta atinada y muy divertida, como lo transmite la pergeñadora.

Cabe destacar que en este coloquio la presencia femenina es verdaderamente de intervención y participación, no como tema de ellos y sus posibles hazañas.

En general, una línea dramática muy fina que ojalá y estos nóveles emulantes no dejen, sino al contrario logren profundizar y enriquecer.

 

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