Intervención e interpretación, y el equilibrio

Jueves, 20 de Febrero de 2020 00:00 Oscar Salas ECLÉCTICA - El Espectador
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Intervención e interpretación, y el equilibrio

Conocí la intervención de “Macario”, de Juan Rulfo reunido en “El llano en llamas”, por parte del artista de la escena Javier Velázquez en diciembre de 2019 en condiciones con dejo de precipitación. Todas las personas en un recóndito salón del Museo de la Ciudad de Querétaro no pasamos de diez, coincidiendo casi azarosamente dada la desinformación o nula orientación para quienes no frecuentan el único museo con tantos resquicios escénicos como salas de exhibición. Ahí estuvimos cuatro espectadores, un músico ocupado en un equivalente a teclado, quizá un iluminista y dos personajes, el masculino desdoblado: el Hombre Libro, con su imprescindible calavera, casi hamletiana, inventado y asumido por Velázquez, nos dio a conocer al Macario rulfiano. La actriz Kali Cano es Felipa. Quizá más de dos veces el fundador del grupo Navíos Teatro ha echado mano de este cuento del autor de “Pedro Páramo”. Del reparto de “Tatuaje de luna” ya nadie está en el teatro y casi ni siquiera en Querétaro. felipa1

La miel de los pechos de Felipa resulta la atracción temática de la narración. Seguramente a ella mucho se debe que sea considerado por la crítica el texto más erótico del jalisciense. Sin descartar el provecho que de esta suculenta delicia toma Macario brindándole a su vez la fogosa virilidad con que lo engalana la naturaleza en sus años mozos. La fina y delicada belleza de Cano no incluye la frondosidad que cabe suponerle a la doméstica de una generosa y proveedora madrina. Congruentemente con el título que Velázquez dio a su propuesta: “El silencio de Felipa ante la tumba de Macario”, esta actriz que tan bien dio a la poeta argentina Alfonsina Storni en “Mar de Plata”, de Marisol Estrada, en un protagónico biográfico monologante durante hora y media, ¡no tiene un solo parlamento! ¡Qué enrevesamiento! Porque tampoco tiene los ojos verdes, como nos dice Macario que los tiene Felipa cuando está cumpliendo, garrote en mano, con la misión de matar ranas por ruidosas perturbadoras del sueño de su madrina. Cualidad que sí tiene la actriz Natalia Gracia que encarnó a Nahuí Ollín en “Volcánicas”, también de Javier Velázquez con su propia dirección, especialidad con la que suele dejar aciertos memorables, como: “El hombre de la rata” que conocí en el desaparecido teatrino de la exPrepa Centro; “Erótica marina” en el Teatro de la Ciudad —ene intervención del cuento paciano “Mi vida con la ola”—; y “Aquelarre en la azotea”, tan totalizante del hombre y dramaturgo Sergio Magaña. felipa2

La discordancia, por apariencia y voz del Hombre Libro, con la rústica naciente hombría de Macario resulta altamente desconcertante al punto de quedar expectante por la presencia o participación de este joven un tanto simple y elemental, casi un niño grandote: mentalidad infantil con capacidad física de hombre, en la trama que se está desarrollando en escena. La gozosa vitalidad que es posible tomar de los pechos de Felipa lleva a pensar, concebir, en la prodigalidad de la vida, en las posibilidades de promisorias gestaciones, o quizá en un optimismo más mesurado, pero definitivamente no en la muerte que ya está instalada en espacio escénico apenas ocupamos asiento. A la vista de Felipa-Cano impensable que Macario murió anciano. No resulta dable presentar el texto-cuento a la letra, con sus descripciones tan exactas y precisas, para contrariarlo impunemente sin consecuencias. Si bien lo que menos se pediría sería una ilustración del texto, esta intervención lo contradice tanto, seguramente sin proponérselo, al grado de salir preguntándose qué intentó “El silencio de Felipa…” aprovechando menos de la mitad de una actriz que tiene en el manejo de la voz uno de sus recursos más solventes, lo suficiente para sostener la demanda de un protagónico. Problema encontrarle el antagónico que no se caiga, sin el recurso de la ironía y el humor, para asumir una dificultad que valga la pena.

La interpretación de “La tregua”, novela de Mario Benedetti, tiene la intervención del paso del tiempo. ¿Quién va a reprochar la belleza del paso del tiempo, aunque sea una amenidad que honra el muy retorcido colmillo Leonardo Kosta con un prescindible recurso que agrega únicamente agradabilidad? A la manera de un calendario exfoliador vemos acercarse el día de la jubilación del protagónico. Tal acercamiento nos importa un pito, pues además de anunciárnoslo, los hechos de la trama nos lo va informando; lo muy interesante está en la exfoliación. Este suceder calendárico está perfectamente justificado no tan solo porque tal transcurso temporal absorbe la motivación vital de Martín Santomé, sino porque el escritor uruguayo con fechas marca el paso del tiempo en la vida del personaje protagónico que es también el narrador mediante la escritura de su diario. Otra astuta intervención dramática en la narrativa de la novela está en la muy bella materialización de la fantasía amoroso-erótica que tiene Santomé de Laura Avellaneda ¿o de la Paloma que ya voló? La blancura del desnudo frontal de la actriz Delmy Muñoz desplazándose lentamente permitiendo la apreciación de su perfil y finalmente la silueta de su espalda, tiene un fuerte impacto dada la inimaginable sorpresa y el manejo plástico con la iluminación intensamente azul que mucho la protege del morbo, además de acentuar el contraste cromático. Indudablemente resulta muy efectivo gancho visual de dirección. También Mario Venegas, aunque contrastante con su antiguo condiscípulo, resulta prescindible, pero dada la gracia con que Leonardo Kosta le da vida pasa uno por alto cuánto no hace falta en el hilo conductor de la trama como lo es la vida rutinaria y ramplona de Martín Santomé, plena de grisura en su desempeño oficinesco y marginado u olvidado en su viudez por los hijos un tanto ásperos y rijosos, en un nido en punto de vaciedad que abriga más un dormitorio que un hogar. felipa3

Durante cerca de hora y media Jayme Maya sostiene la adaptación del texto de Mario Benedetti, asumiendo las voces de otros personajes masculinos narrados por Santomé que inciden en su suceder burocrático. La grisura toma inesperada y anhelada brillantez cuando el próximo jubilado es correspondido en su acercamiento amoroso y romántico. Se suscita la expectación, sin desechar el desenlace obvio: la preferencia de Avellaneda por un pretendiente más contemporáneo y prometedor. La joven deseada y pretendida desaparece, pero no por la vía sospechada. Su desaparición es, o sería, climática, pero no me parece que sea manejada con tal carácter, ya que habría llenado el remanente de una vida al inicio de una jubilación tan esperada. El derrumbamiento es total. Quizá faltó cohetería o efectismo escénico en este momento concluyente, del que tanto se hizo gala en el transcurso de la representación ofrecida por La Compañía del Arte en el teatrino del Patio Morisco del Museo de la Ciudad de Querétaro, con este invitado y visitante celayense durante cuatro domingos de febrero y marzo.

Queda como hilo suelto el planteamiento de la necesidad del clandestinaje. Martín Santomé es viudo, a los tres hijos ya poco los ve y son infrecuentes sus encuentros en plan familiar; Laura Avellaneda no tiene compromisos románticos ni su relación es mal vista, menos reprobada, en la casa paterna, ¿cuál es la necesidad del clandestinaje?

 

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