Posicionamiento femenino en la escena

Jueves, 12 de Marzo de 2020 00:00 Oscar Salas ECLÉCTICA - El Espectador
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Posicionamiento femenino en la escena

En un entorno y ambiente feminizado por el feminismo y el feminicidio calendáricos, sin declaraciones, ni manifestaciones, sin reclamaciones, ni recriminaciones, ni lamentaciones, sin la delación expresa de infamias, ni relatoría de inconformidades por traiciones de promesas y ofrecimientos, sin proclamaciones exaltadas; sí con la disciplina del estudio, la investigación, la indagación, la búsqueda, la exploración, el ensayo y la repetición, con el concienzudo pulimiento de eliminar, devastar, la superficialidad, el superfluo excedente que tanto empeño implicó sin que finalmente cupiera por falta de la debida justificación, el Día Internacional de la Mujer, y su secuela inmediata, mucho vería debidamente honrado y rememorado con el trabajo escénico presentado en El Jacalón de la FBA-UAQ por parte del grupo artístico Barón Negro y Arteatral CUT. Sin más proclama que la construida emotividad interpretativa de una trama que ahonda y lleva a la reflexión e interrogación del entorno de sentires y sentimientos, los propios y la interacción de unos y otros; con el discurso cuestionante del carácter del personaje potenciando su verosimilitud. Estos atributos y características aprecié y experimenté el jueves 5 con “El silencio de los viajeros” y el sábado 7 con “Dolores o la felicidad”. Muy atribuible a la coincidencia este suceso, sin ninguna premeditación social, menos política, pues es poco concebible el incubamiento programático de una inquietud creativa, máxime debiendo pergeñar la inspiración para su concreción compartible como impone y demanda el quehacer escénico. lola1

El primer trabajo cumple muy exactamente con la parte inicial de su título: no escuchamos una sola palabra de parte del personaje durante la representación. Una voz en off ofrece una observación acerca de la característica inmemorial del viajar y alude al narrador-historiador griego Homero. Vemos a una viajera únicamente cuyas dudas, temores, ilusiones, suposiciones compartirá seguramente con cualquier persona, género aparte, en situación de viajar. Quizá debamos entender con el silencio que las sensaciones y emociones, fundadas e imaginadas, de esta persona-personaje no salen de su yo, estamos presenciando mayormente su interioridad, y ahí nos tiene prendidos la actriz María Fernanda Monroy Gómez, tanto que cuando presenta un par de rupturas súbitas de su ensimismamiento una o dos exclamaciones similares escuché entre la escasa concurrencia al recinto universitario. La creación de ensimismamiento-interioridad está lograda con un aislamiento focal lumínico muy acentuado. El espacio físico de la trama está marcado con un rectángulo rojo en el piso. El personaje porta un vestido en tono oscuro sin ser negro; el contrastante tono nacarado de su piel —rostro, brazos, pantorrillas y pies— permite mayormente su visibilidad. Innegable la potencia de su gestualidad. La luminosidad es permanentemente tenue, tanto que el violoncelista, muy moreno en traje gris, es notorio principalmente por el ‘doblaje-musical’ con que acompaña al personaje silencioso en trance de viaje. El viaje está permanentemente significado por la presencia de una pequeña maleta roja de plástico duro, abajo a la derecha. Finalmente el personaje guarda una libreta de notas, cierra y toma el veliz, por el centro del rectángulo se sale de éste hacia la parte más alta del espacio escénico dispuesto, permanece un momento de perfil y avanza hacia una brillantez externa. Entonces cabe preguntarse ¿por qué viajamos? o ¿por qué no viajamos? ¿Qué nos mueve, la llegada o la salida, lo que queremos abandonar o lo que queremos alcanzar? ¿Huimos? ¿Iniciamos una nueva andadura, optada o impuesta? ¿Es medroso o meditativo nuestro silencio? lola2

Nacieron o fueron imaginadas e ideadas con género femenino, pero su misión y cometido no lo condiciona, las parcas tienen tal por disposición y conveniencia gramatical sin mayor funcionalidad ni utilidad, cualquier ser, real o ficticio, puede encargarse de la vida y la muerte. Quizá con género masculino a estos seres mitológicos no se les endilgarían los atributos que reciben con el femenino. El caso es que este trío, disparatado y contrahecho, de “Dolores o la felicidad” inmediatamente captura nuestra atención aún antes de la tercera llamada, mientras permanecen inmóviles y estatuarias, según han dispuesto Catalina Vega y Chicha De la Peña dirigiendo seis actrices y dos actores en cerca de veinte personajes. Por torpe y desbocada Cloto aparece con una comicidad que atrae fácilmente simpatías. Con su banal sangre pesada, la vanidosa Laquesis resulta antipática. La amargosa autoritaria Átropos con su mala leche reclama un ctrl+z de volada. Su incompatibilidad y antagonismo protagónico las hace insufribles, o sea, otra puesta en escena queretana de la obra de David Olguín que nos gana, y van por lo menos tres, en el lapso quizá de quince años. lola3

En medio de sus ditirambos y disputas, casi de lavadero, se aproxima la lastimera y atribulada presencia de Ángel con un desdichado cargamento: Lola, hacia quien tiene la celestial encomienda de guardar o proteger, sin mucho éxito pues la ha recogido del suelo al que se arrojó desde un tercer piso, tras el postrer aliento desengañada en su persecución de la felicidad. Reclamada la acción de las parcas, reconocen que pudieron haber cortado equivocadamente y a destiempo el hilo vital de Lola. Ángel encarece la reparación. Las parcas se ponen sus moños, roñosas, discuten entre sí, se hacen del rogar, condicionan, particularmente la amargosa-mandona que arguye la irreversibilidad de la fatalidad, programada o no. Empiezan las valoraciones y apreciaciones de la construcción y concreción de la felicidad, con una retahíla de falsedades que no colman las aspiraciones y desembocan en desengaños abundando las situaciones chuscas, irónicas, cínicas, delatoras de nuestras mezquindades y vilezas. Al final hay una breve acción de gran contrición descalificadora de la falsedad, pues Ángel opta por Dolores, su encomienda que guardar a costa de sus alas: honrando su misión pierde su condición celestial, las parcas no pierden el control de los destinos. Hay caracterizaciones e interpretaciones sobresalientes, por ejemplo el amanerado instructor de acondicionamiento físico por parte de Cristóbal Ramírez y la pervertida ejecutiva de Dalia Gutiérrez, súmmum de porquería humana. La mesurada transición de Lola sola por una diversidad de facetas emotivas y sentimentales, encarnada por Alejandra Armenta es en extremo plausible. Sin ningún crédito la sonoridad musical acompaña y apoya puntualmente la interpretación y montaje de Vega y De la Peña.

 

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