Casi tan brutal como la brutalidad

Jueves, 12 de Diciembre de 2013 00:00 Oscar Salas ECLÉCTICA - El Espectador
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Casi tan brutal como la brutalidad

Desde la jocosidad pensé que las actrices Dulce Arana y Blanca Tejeida se habían quedado ensangrentadas, si no sedientas de sangre, sí deseosas de continuar dándose gusto con la hemoglobina, iniciado a partir de Rojo pasión, rojo sangre. Tal sentimiento recibió un brutal portazo en El Ensayo con la puesta en escena de La sangre, del dramaturgo catalán contemporáneo Sergi Belbel.

 

brutal1Congruente con aquella advertencia muy repetida: Cualquier coincidencia con la realidad es mera casualidad, el director, Hèctor Dugo me advierte que el autor no se inspiró en hechos mexicanos de plagio, tortura y corrupción, que incluso la escribió a principios de la última década del siglo XX. (La refulgencia mexicana en esta materia ha ocurrido en el s XXI, salvo la idiosincrática corrupción.) Finalmente, estuvimos ante un verídico caso donde la realidad deja a la ficción en simplona nadería. Pero contra esta simplicidad, el grupo teatral Terralevis nos ofreció del 15 de noviembre al 8 de diciembre una puesta en escena y unas actuaciones que la desvirtúan contundentemente. El hecho delincuencial en sí mismo reproducido por S. Belbel, cualquier nota roja, mayormente las de los medios electrónicos, lo deja en la medianía de la notoriedad  y trascendencia; pero la narración escénica  lo deja a uno con el aliento suspendido en el espacio teatral que, hasta antes de esta puesta, conociéramos como La Cartelera.

 

brutal2Tras la función el director Dugo platicó su propósito de alterarle, o quitarle, al espectador su área de confort, a ello obedeció la absoluta oscuridad --claustrofóbica--  del inicio. La idea era iniciar la interacción y diálogo entre la secuestrada y su custodio también a oscuras, pero finalmente decidimos que sería demasiado angustiante, detalló el director escénico. Con igual propósito inconfortante se optó por un horario casi atípico, hacia el atardecer para que el ruido urbano y vehicular resultase parte de la ambientación, imponerle al espectador un doble esfuerzo  de atención auditiva: aislarse del ruido exterior y concentrarse en las voces de los personajes. Este aprovechamiento me pareció particularmente original: incorporar un estorbo a la creación.
La alteración del ámbito del espectador empieza con un riguroso, mandón  --poco amable--  ordenamiento para enfilarlo al espacio escénico alternativo  --siendo queretano difícilmente podría ser otro--  bastante estrecho, casi apretujante, con un aforo para quince personas. El pasillo (sic) de entrada también pasa a ser espacio escénico.

brutal3Tres personajes –la secuestrada, la verduga y la niña, que se antoja bautizar circunstancialmente como La Ponchis, por el apodo con que se conoce al niño delincuente, narcotráfico, secuestro, y homicidio, recientemente excarcelado en la capital de México, y casi extraditado a Estados Unidos-- resultan doblemente estrujantes. Por un lado la descarnada verosimilitud que transmiten las actrices, y por otra parte la infame brutalidad de sus existencias, tanto por la brutalidad ejercida como padecida. En los extremos claramente antagónicos --lo bueno y lo malo— se encuentran la torturada y la torturadora. (El corrector ortográfico, por un error de dedo, me da la alternativa de ‘trituradora’ que incidentalmente vendría muy al caso.) En medio, la niña desposeída de sensibilidad, ‘deshumanizada’, que participa, se inmiscuye, en la tortura como quien ‘mete su cuchara’ en una plática donde no ha sido invitado. En la personaje ‘buena’ priva la racionalidad objetiva, la apelación a la reflexión y análisis del propio comportamiento y del que se está propinando, asestando, a quien inopinadamente ha caído en las manos del custodio de la secuestrada, programada para tres mutilaciones seriadas antes de la decapitación.  La personaje ‘mala’ hace gala de frialdad, indiferencia por el sufrimiento al infligir crueldad. Asume el ejercicio de la brutalidad como parte de un proceso de amedrentamiento, de una negociación de escarmiento; la naturalidad del triunfo, ‘salirse con la suya’, para el decidido a salir adelante mediante el uso violento y destructor  --aniquilante--  de la fuerza.

 

brutal4Las tres parejas –los jovencitos enamoradizos, los policías, los adúlteros--  que gravitan alrededor de la trama de las tres personajes anteriores, cumplen el propósito práctico de permitir la aparición del dedo, la oreja, y el pie de la secuestrada. Además con ellas, principalmente las dos últimas, el autor retrata el entorno torcido, tergiversado y poco edificante en el que sucede la mutilación de la víctima. Los policías, unos burócratas uniformados ocupados, en horario de trabajo, de sus necesidades alimenticias, y en pretextar procedimientos para deshacerse de cualquier requerimiento de intervención concerniente a su supuesta especialidad. El adúltero es además un político que, al parecer, se beneficia de la diversificación criminal, entiéndase el secuestro y la extorsión anónimos. No sabemos si el politicastro se asquea porque llega a sus manos una constancia, en vivo y a todo color, del crimen en que participa, o deja que suceda, porque llega a sus manos una de las partes mutiladas a la secuestrada, o porque cae en la cuenta de que quien ha sido cercenada es su víctima de adulterio. La adúltera sencillamente disfruta de las bondades del adulterio, las defiende y procura su crecimiento.

 

brutal5En este sanguinolento quehacer también la verduga y el custodio también se preparan para amarse idílicamente con la recompensa de su ardua labor. Al fin y al cabo humanos (sic) entre criminales también palpita la pasión del amor. Lo cual no deja de parecer un retorcimiento más, pero finalmente, en un ejercicio de tolerancia ¿por qué sus corazoncitos no habrían de latir uno pegado al otro? Para mi buena mala-suerte, me tocó una función sin la ‘atmósfera sonora’ creada por el músico Ernesto Martínez. Aún con esta omisión circunstancial, ayuda haber sobrevivido al taladro del dentista para sobrellevar la angustia, o por lo menos mortificación que ocasiona esta puesta en escena, admirable pero trabajosamente plausible por revulsiva y repulsiva.

 

En resumen, La sangre ofrece un muy acertado retrato, desde una perspectiva contemporánea mexicana  --aunque dicen que mundial por la diversidad geográfica de puestas en escena de la obra de Sergi Belbel--, de la vileza humana con rasgos de sublimación, aunque la balanza sea inclinada por la desesperanza.

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