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Sentir o no sentir

Miércoles, 27 de Mayo de 2015 18:00 Oscar Salas ECLÉCTICA - El Espectador
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Sentir o no sentir

sentir1Poliédrico puede apreciarse el montaje de cualquier obra shakespearina. Especial es el caso de “Hamlet” con el discurso del Príncipe de Dinamarca cuando recibe en el palacio de Elsingor a los artistas trashumantes, que bien vendría como credo de cualquier actor: “Declamarás con soltura de lengua, no con voz desentonada. No manotees acuchillando el viento: aún en el torrente, el huracán de las pasiones, se debe conservar la templanza que hace suave y elegante la expresión. A mí me desazona en extremo ver a un hombre, que a fuerza de gritos estropea los afectos que quiere expresar y desgarra los oídos del vulgo que solo gusta de gesticulaciones insignificantes y de estrépito. Tampoco seas demasiado frío. La acción debe corresponder a la palabra, cuidando de no atropellar la simplicidad de la naturaleza. Si esta pintura se exagera o debilita, excitará la risa de los ignorantes, pero no puede menos que disgustar a los hombres de buena razón, cuya censura debe ser de más peso que la de toda la multitud que llena el teatro. No añadan nada para hacer reír a los oyentes más adustos, dando risotadas, cuando el interés del drama deberá ocupar toda la atención.”

Así parece asumirlo el director Leonardo Cabrera al conminar al reparto de la puesta en escena presentada por el grupo Mandorla en el foro del Museo de la Ciudad de Querétaro.

sentir2En consecuencia Leonardo Cabrera inicia presentándose como el artista del escenario que tiene un sueño, una aspiración: atreverse con el Bardo de Avon-upon-Stratford. A partir de ahí no vuelve a asumir la megalomanía al estilo de monstruos ingleses Laurence Olivier o Kenneth Branagh de convertirse en el eje del drama no obstante llevar el personaje del título de la obra. Queda para la duda de muy complicada respuesta si podría. El caso es que así su montaje tiene una dinámica más radial que concéntrica. Así nos permite apreciar como en un libro abierto, el texto del autor y degustar la grandeza de su capacidad polifónica que por influencia de este montaje la concentraré en dos grandes apartados: el teatro como argumento e instrumento de vida, y por otro lado las luces, los oscuros y las sombras de las pasiones humanas. De lo primero la gema es el parlamento citado, aunque no es el único pasaje que levanta la bandera de la verdad que es vivir el teatro. Discurso extrapolable a cualquier aspecto de la vida: cuanto la complicamos con la simulación y el ocultamiento de intenciones o intereses contrarios a las declaraciones hechas. De aquí pasamos fácilmente a la ambición de poder representada por el rey Claudio, la codicia del tener para ser, y mientras menos se es más se ocupa en tener. Así el usurpador fratricida no repara en intrigas y nuevos asesinatos. Hasta que ‘la mano del destino’ le hace una jugarreta que lo convierte en el asesino de la cuñada que ha esposado, al tiempo que lo descubre y delata antes de expirar envenenada. De todo lo que ambicionó y amasó no queda nada, ni el mismo, solo el inmueble que llega a ocupar el enemigo invasor y vengador. ¿Repitiendo la sed de poder? That’s Shakespeare.

sentir3Vi un rey Claudio muy Manuel Puente –y creció en mi memoria su encarnación de Creón en “Antígona” (agosto 2014)-- transmitiendo poca hipocresía, más allá de las palabras, hacia Hamlet al tiempo que éste más crece dramáticamente como el adversario que lo desenmascara. Con una expresividad corporal que no acaba de cuajar real --en el sentido de realeza--, no deja de verse impostada. No aporta a su majestad que le doble los puños a las mangas de su blusón cuando es expresión dignataria de no ocuparse de labores manuales ese exceso de tela inútil. No transmite el gozo en la escabrosidad tenebrosa de manipulador maquiavélico. Diría que el rey Claudio es el perfecto ‘diputado’: un fingidor ventajista por esencia, necesidad y antonomasia. En este sentido, el mejor momento lo vi cuando planea y conviene con Laertes el asesinato de Hamlet. Aprovecha el ánimo vengador del hijo de Polonio asesinado por Hamlet y se deshace de su sobrino-hijastro deseoso de tomar venganza sobre él por el fratricidio del rey Hamlet.

sentir4Un aplauso por el aprovechamiento de Acoyani Chacón como Laertes, tierno y amoroso hermano de Sofía, tan demudado por su enajenado suicidio que solo tiene un origen perfectamente deducible: el engañoso cortejo romántico y rechazo amoroso por parte de Hamlet y la orfandad propiciada con el asesinato de Polonio. Enfurecido por el parco y sombrío funeral de su padre a de no inculpar a Hamlet, su asesino. Con la frecuencia cotidiana de la incineración y de los servicios funerarios institucionalizados quizá nos aparezca disminuida la significación y la trascendencia religiosa y social de la ceremonia funeraria y el enterramiento, para comprender la furia y el reclamo de Laertes: el viaje eterno de Polonio --en la brevedad y la semioscuridad-- transcurría muy cerca de la deshonra y las desgracia. No por nada Hamlet se detiene para apuñalar a Claudio orante, recogido en la plegaria: el tránsito a la bienaventuranza divina resultaba expedito. Consideración que no había tenido hacia su hermano Hamlet al momento de verterle veneno por una oreja mientras dormía. El humor de Laertes no deja de incendiarse hasta el combate mortal con Hamlet, pero con fama de victorioso esgrimista y llevando tramposas ventajas --la punta de la espada que debería ir cubierta va envenenada--, desesperado por ir abajo en la cuenta de toques, hiere traicioneramente a su rival. Hamlet acusa el envenenamiento pero antes de expirar atraviesa mortalmente a Laertes que enceguecido por la ira se descubre a la acción postrera del príncipe agonizante. 

Ofelia desborda alegría de vida, de ilusión romántica, de entrega amorosa, de obediencia filial en la encarnación de Roja Ibarra, pero sus mejores momentos están en sus variantes de desquiciamiento. Es el mismo caso con la interpretación de Leonardo Cabrera. Para la puntillosa ironía de sus señalamientos y reflexiones Hamlet se parapeta en la demencia. Nótese la grandeza del texto: el personaje para ser quien quiere se oculta y en ocultamiento encuentra libertad para la expresión de su pensamiento. Y téngase presente la distinción de las demencias: Sofía perdió el juicio --o acaso se refugia en él, that’sthequestion--;

sentir5Hamlet adopta la demencia para arremeter con el cuestionamiento y la razón a quienes navegan según el viento. La insensibilidad, la indiferencia, la justeza, la justificación del asesinato de Polonioy las muertes de Rosencrantz y Guildenstern en su misión a Inglaterra, por parte de Hamlet son dadas por el texto, apenas dicho con medida. No hay desengaño o desilusión por no haber asesinado a Claudio, ninguna pena por el desacierto, ninguna conmiseración por el leal servidor de la corte, por el padre de la cortejada, por el desamparo al que ésta se verá arrojada. Así, en diferentes momentos de cordura, hasta el combate, advertí falta de tonalidades emocionales en Hamlet. La sobriedad, la contención las vi muy empalmadas con la ausencia de las debidas emociones o intencionalidades.Me quedé fantaseando con Guillermo Gutiérrez como Hamlet por la jovialidad y cambios de temperamento que le dio a Grigori Sapanovich y al Ogrito, ambos bajo la dirección de L. Cabrera .

sentir6La sobriedad reluce también en el vestuario y en una escenografía construida esencialmente con cuatro rampas escalonadas dispuestas de diferentes maneras durante la representación para crear los espacios palaciegos, por ejemplo recámaras, salones, almenas, y exteriores. Los únicos colores vivos reservados para los personajes femeninos realzan las presencias de Gertrudis y Sofía. No deja de estropear la recreación de época una piel tatuada, pero ahora sería como quererle quitar las pecas a un intérprete. La disposición del escenario a tres vistas favorece el dinamismo de la escenificación, siempre teniendo como fondo un coro compuesto por los mismos actores sujeta la atención del espectador. Desde mi ubicación lateral izquierda vi en un plano secundario la muerte de la reina madre, que de ser así desde otros ángulos valdría reconsiderar tal posición dada la importancia del suceso, no tanto por la relevancia del personaje, sino por tratarse del inicio de la develación de la intriga mortal tramada por Claudio. Tampoco vi claro que pasara a Hamlet la espada de Laertes, de suma importancia para la angustia y muerte de éste, pues es la envenenada, y él lo sabe.

El imperio altivo del que dota Jorge Maldonado al príncipe noruegoFortimbrás en su entrada victoriosa al palacio real de Elsingor, devastado por la intriga, es toda una firma actoral en la brevedad del final. Tras las discordias intestinas, del reino de Hamlet solo han quedado las paredes... y la fortificación que deja el desafío perenne de William Shakespeare esta vez tomado en Querétaro por Mandorla Teatro a la convocatoria de Leonardo Cabrera.

“Hamlet”. Lunes y martes, 18:00 horas; miércoles 20:00. Museo de la Ciudad, V. Guerrero #27, Centro Histórico de Querétaro. Boleto: $100.00

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