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Tramas e intérpretes

Miércoles, 29 de Marzo de 2017 18:00 Oscar Salas ECLÉCTICA - El Espectador
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Tramas e intérpretes

Hay representaciones teatrales donde los personajes nos parece que quedan marcados por sus intérpretes, de tal manera que se antojan imposibles para otros actores, y si acaso, a la manera como quedaron trazados por ése que nos parece insustituible. Ejemplos mexicanos son: Don Juan Tenorio por Gonzalo Vega, El diario de un loco por Carlos Ancira, La dama de negro por Germán Robles.

En una proporción queretana, quienes han hecho encarnaciones tales que resulta muy difícil ver esos personajes en otros intérpretes, en el caso de los Cómicos de la Legua estaría Penélope Corral como Yerma y Sor Juana en “Yerma, el musical” y “La secreta amistad de Juana y Dorotea”, y Wilfrido Murillo en el protagónico de “Sancho Panza en la Isla Barataria”. Jorge Maldonado en los personajes psicópatas pervertidos en “Lomas de Poleo”, “Jaque Mate” y “Dulces compañías”. Cointa Galindo en el protagónico de “La más fuerte”; igualmente Fabián Verdín en “Novecento”. Román García como Victoriano Huerta en “Cuarteto de pasiones”. En un primer intento quizá podría anotar una relación de repartos de estrenos tan atinadamente seleccionados y conjuntados que dejan imposible el acierto de una reposición con un elenco cambiado o remendado. Conjuro1

La situación anterior no la advierto en “El conjuro” y “El tesoro perdido”, del dramaturgo Jorge Ibargüengoitia (1928, Guanajuato, México-1983, Mejorada del Campo, Madrid, España) presentadas por Arteatral, Compañía Universitaria de Teatro, con las direcciones escénicas de Julio Morales y Abraham Flores, respectivamente. ¿En qué radica, entonces, el encanto y la fuerza de atracción de este par de montajes? En las tramas y el ritmo con que nos son narradas. Seguramente retendremos más largo rato estos dos elementos que a quienes hemos visto efectuar las narraciones. Esto no es en demérito de las actuaciones, los jóvenes directores, muy posiblemente debutantes, con propósito o sin él, han dejado que hable la letra del texto dramatúrgico, y han acertado.

A “El conjuro” le queda grande el Teatro Esperanza Cabrera y los espectadores somos dispuestos en el proscenio, o casi. Dos elementos son esenciales para que la estrujante trama funcione: la ociosa vaciedad de tres escolares adolescentes y su travieso ánimo de ‘jalarle los bigotes al gato’, en este caso ponerse a jugar con una cuija, bromeando incrédula y retadoramente con su enigmática metafísica. A partir de ahí cada vez sabemos menos si un personaje vivo juega con un par de personajes escurridizos o con sus ánimas, o al revés, o si los tres personajes están muertos y jugando con los espectadores. Mientras tanto, el chirrear de una silla puede crispar nuestra tensión, sacándonos una exclamación de susto o espanto. El final de la obra de Gabriela Ynclán (1948, Ciudad de México) es abierto, así es que salimos con la duda de haber presenciado una función teatral o una sesión de espiritismo. Por lo cual el director se relame un colmillo después de alterar su meliflua expresión. Conjuro2

Sin la trascendencia apuntada primeramente, Jéssica Sarai Ramos Hernández, con Lorenza como la ‘nerd insegura, temerosa y emocionalmente buleada’, lleva muy bien el peso de la trama. Por momentos quisiéramos solidarizarnos con ella para echarle una mano en medio del intimidante desamparo en que se encuentra, a la manera de los niños que ´le echan aguas´ al héroe de la trama escénica cuando lo asecha el peligro. En otros, nos recordamos espectadores, que nos queda la salida como solución, dejando a Lorenza en sus enredos, y que la rescate el director… si todavía se acuerda de ella.

El primer encanto, indudablemente, de “El tesoro perdido” es el dramaturgo. Entra uno en melindres al saber que la escenificación está puesta en un salón de clases, aunque suele haber transformaciones que rayan en la magia. En el salón que por años ocupó el maestro Manuel Puente Villa estuvimos en una isla poblada por ciegos; casi en el pasillo de una almena envuelta en la bruma donde el príncipe Hamlet, incrédulo y valeroso, se entrevistó con su padre delatándole a su victimario y encomiándole la venganza; en el palaciego baile de máscaras donde Julieta es codiciada por más de un pretendiente; etcétera, etcétera. Esta vez el salón 1 no es objeto de tales malabares, sencillamente mucho se le despoja de su apariencia de aula. La escenografía es la mínima precisa para la trama, concebida con el ingenio de la plurifuncionalidad. La iluminación inicial es también la mínima precisa para la sugerencia, muy verosímil, de la intimidad amorosa, digamos que para no incurrir en el exhibicionismo erótico. La caracterización romántica de la pareja permanece en el minimalismo con fuerte apoyo en sus cabelleras: la de ella sedosa y glamorosamente acicalada, la de él revuelta y rebelde. El vestuario mínimo necesario de ella acertadamente sugiere su ocupación, sin ninguna melodrámatica promoción de la misma ni de sus dotes amatorias; el de él bien sugiere su precariedad y compagina con su abatimiento emocional. Conjuro3

Muy tarde me entero que sus nombres son chinos y por tanto ése es el ámbito del desarrollo de la trama. En realidad nunca los capté. Bien a bien la trama no requiere una geografía específica, y en este caso hubiera preferido la francesa, me parece que por cultura le vendría con mayor exactitud y la haría más comprensible. Con que ella se hubiera llamado Madelaine o Louise y él Pierre o Jean-Paul habría bastado, pero ¿qué tanto habría adquirido un tono naturalista perdiendo la condición cuentística? Cuando una puesta en escena nos devuelve a la puerta por donde entramos con por lo menos una pregunta sin respuesta, para la elucubración, algo tiene.

Agréguesele le vuelta de tuerca, tan Ibargüengoitia que justifica y explica metafóricamente el título, y tenemos una ocasión teatral muy disfrutable. Además de atestiguar una insipiencia interpretativa prometedora, y quizá lo más valioso: la disposición para arriesgarse y atreverse.

La simplicidad ibargüengoitiana requiere, impone, una exacta contención y en esto Abraham Flores acierta para dejarnos trasminados con la sutil agudeza del guanajuatense. La precariedad escenográfica no deja de hacer lo suyo, pero poco interfiere, por ejemplo cuando la pareja ‘viaja al sur’, no vemos que prácticamente se desplace a ninguna parte, aun que ella alcance a calzarse unas botas. Pocos recursos, ajenos a la interpretación, respaldan la sobrada solvencia económica del comprador de la amante-prostituta.

Las metáforas de la pérdida y la riqueza en “El tesoro perdido” son muy amplias, tanto que cada espectador puede escoger a su perdedor o perdedora, o sea, Ibargüengoitia ¡y ya!.

 

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